Por Ana Luisa Anza

Niño Fidencio, santo y milagroso,
tú guías a las almas y las llenas de gozo.
Fidencito Constantino, escogido del señor,
para darnos curaciones, en el campo deldolor

 

En medio de un desierto rudo -quizá hoy todavía más ralo, árido e inhóspito-, surgió a principios del siglo XX un curandero, como tal vez tantos otros, pero cuyo poder habría de extenderse décadas después de su muerte.

Su fama se fue extendiendo: que nunca usó un bisturí para las cirugías, que curaba a los enfermos mentales, que hacía desaparecer la lepra y el cáncer, que hacía andar a los paralíticos, que extraía las muelas con unas pinzas para automóvil, que extirpaba tumores sin necesidad de anestesia.

En el campo del dolor –como él llamaba al pueblo y aún hoy lo recuerda un arco de bienvenida– estaba el doctorcito que hablaba apenas con una voz infantil y aflautada que todos oían como palabras santas: el Niño Fidencio hizo crecer su fama. José Fidencio de Jesús Síntora Constantino había llegado al rancho del hacendado alemán Teodoro von Wernich en Espinazo, Nuevo León, procedente de Guanajuato. Su familia,  pobre  y sin  posibilidades de darle sustento, lo había “encargado” con una familia pudiente: Enrique López de la Fuente habría de convertirse en su protector  y, una vez terminada la Revolución Mexicana, en la que participó, se llevó a Fidencio para que cuidara de sus hijos en su nuevo trabajo como capataz de la hacienda en el norte del país.

Espiritista convencido, el hacendado oyó de cómo Fidencio andaba curando por las rancherías y, sin más, se puso en sus manos para el mal que le aquejaba en la piel. Nadie sabe con exactitud qué pócima preparó el Niño pero, en agradecimiento, el hacendado mandó publicar un desplegado en un periódico de circulación nacional de la capital del país hablando de los poderes de su empleado. Su fama se extendió y de todas partes llegaban a Espinazo. Incluso el presidente Plutarco Elías Calles lo visitó en febrero de 1928, en plena revuelta de los Cristeros, con el gobernador del Estado y el jefe de Operaciones Militares de la zona.

Fidencio se dedicó entonces en cuerpo y alma “a sus enfermos”, sin más conocimiento que la intuición, y sin más ayuda que la de un cuerpo de “enfermeros” que lo seguían a todos lados.

A los leprosos, les untaba ungüentos de hierbas y minerales que él mismo escogía; a los mudos, les aplicaba una terapia de shock asustándolos con la fuerza del impulso del columpio, al grado que proferían un grito; a los locos, les aventaba frutas desde lo alto de un cerro para curarlos del espanto o los hacía recuperar las facultades cuando los metía en una jaula con una leona que, ellos no sabían, no tenía dientes. Extirpaba tumores usando pedazos de una botella de vidrio recién quebrada; usaba las hojas del pirul que adorna apenas la entrada a Espinazo, y acababa usando el lodo del charquito para aliviar el dolor de los sufrientes.

Dicen que murió de agotamiento.  Dicen que avisó que “ya mero” se iba pero que resucitaría para seguir curando. Fidencio murió el 19 de octubre de 1938 y, alarmados porque no despertaba, mandaron llamar a unos médicos de Saltillo, una ciudad cercana. Pero no volvió a la vida, así que aún hay quien cree que los doctores acabaron con él. El caso es que no dejaron que su cuerpo se moviera de lugar y ahí mismo lo enterraron: dentro de la casa donde ahora está su tumba y lloran sus fieles.

Durante todo el año, pero especialmente el día de San José, y en los aniversarios de su natalicio y muerte, Espinazo es invadido por miles de seguidores, enfermos y no enfermos, así como de “cajitas” o “materias” que se dejan poseer por Fidencio para que cure a través de ellos. Éstos últimos entran en trance: su voz se convierte en la de un niño y entonces los creyentes saben que Fidencio está en la Tierra.

En las últimas fechas, Fidencio no anda solo. Ahora aparecen por Espinazo también personificaciones del héroe revolucionario Pancho Villa o de la gitana Margarita Catalán, quien era amiga del Niño, y también ellos se encarnan en Fidencio.

Hoy la visita a Espinazo es todo un ritual. De entrada, se visita el árbol del Pirul, donde el Niño Fidencio solía hacer concentraciones, y se da una vuelta. Alrededor del solitario árbol, decenas de “cajitas” ofrecen curar a los enfermos.

Desde el santo pirulito, le comenzaré a cantar, al Niño Fidencito, que he venido a visitar. Ya que Dios me dio licencia, de venirte a saludar a tu santa omnipresencia, le comenzaré a cantar.

De ahí también parten las procesiones: algunas a pie con sus integrantes perfectamente bien identificados por sus túnicas blancas y las siglas de la organización fidencista a la que pertenecen. Otros, rodando por el suelo, en señal del sacrificio que hay que hacer en agradecimiento a los dones que habrán de recibirse.

Para llegar a tu presencia, caminaré de rodillas, en obra de penitencia, por tus grandes maravillas. Todos llegan entonces a la tumba de Fidencio. Todos quieren tocarla, sentir su presencia, contemplar su imagen de Niño viéndolos desde el sepulcro. En el cuarto de atrás, se conserva todavía el “Teatro Nacional”, un escenario en donde el santo hacía representaciones para sus fieles.  Hoy  se  celebran  ahí,  como si fuera un altar, las misas de la Iglesia Fidencista Cristiana, la cual está debidamente registrada ante las autoridades de la Secretaría de Gobernación.

Aquí me tienes postrado, ante tus pies rendido, por lo mucho que he pecado y tanto que te he ofendido.

Sigue el rito con la visita al charquito. Cuentan que antes, cuando el Niño vivía, era sólo eso: un charco de lodo con minerales curativos. Hoy parece más una pequeña piscina redonda, con cemento y bardeada, olorosa a azufre, con fondo de lodo. Lodo que se unta, lodo que mancha los vestidos blancos de las novias, los tocados de las quinceañeras, la ropa de quien es sumergido en tres ocasiones de espaldas en el rito dirigido por una materia. No faltan los niños gozando al enlodarse la cara, ni las botellas de plástico para llevarse el lodo santo del lugar.

Hay quienes visitan el columpio que usaba para curar a los mudos, decorado de fiesta con papel de china y flores. Otros, más aventurados, siguen hasta el Cerro de la Campana, donde dicen que el Niño hacía curaciones masivas. Donde, dicen, llegó a juntar hasta a más de 30 mil seguidores. No falta encontrar ahí a alguien en trance o una peregrinación entonando los cánticos que le han compuesto a Fidencio.

A las seis de la mañana, Fidencito se fue a orar al Cerro de la Campana, al Señor fue a suplicar. Con su vista fija al cíe/o, suplicándole al Señor, que se duela de este pueblo y del campo del dolor. Al finalizar las fiestas, la gente se aleja pero saben que habrán de volver para sentir en carne propia las palabras que Fidencio dejó para sus seguidores:

No son pobres los pobres, ni ricos los ricos, 

sólo son pobres quienes sufren de algún dolor.

José Fidencio Síntora Constantino

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