Por Daniel H. Vargas Serna*

¿Qué es lo que hace más interesante un archivo fotográfico que otro? ¿Acaso es la particularidad de sus piezas, los soportes que conservan las imágenes? O quizá, ¿las historias que pueden contarnos a través del conjunto de sus imágenes? El acervo del Museo Archivo de la Fotografía (MAF) posee esas tres características. Cuando uno explora un grupo de fotografías de entre más de dos millones y medio de piezas, que es lo que se tiene inventariado, es consciente del valor histórico, patrimonial y social que se conserva en este recinto, inaugurado en 2006.

Las diferentes administraciones de los gobiernos de la Ciudad de México tuvieron a bien documentar fotográficamente la obra pública que producían. Así, en una suerte de registro interno para los informes anuales, se fueron acumulando miles de imágenes que capturaron la expansión de la urbe, pero también sus contrastes. Las fotografías del acervo poseen un carácter indicial, pues quedan como la huella de lo que alguna vez fuera una ciudad en constante construcción. Bajo este marco presentamos el siguiente texto en donde hemos seleccionado una serie de imágenes que datan de la tercera y cuarta décadas del siglo XX.

Para contextualizar a los jóvenes lectores, en 1930 la población del entonces Departamento del Distrito Federal (ddf) era de tan sólo 1.2 millones de personas; veinte años después creció a 3.1 millones (Inegi, Censos de población 1900-2010). El boom migratorio propició el nacimiento de nuevas colonias, en lo que eran las periferias de la ciudad. En las imágenes del MAF podemos apreciar zonas que hoy siguen siendo catalogadas como rurales, pero que en esos años se asemejaban más a los pueblos del interior del país. Sin duda, era otro México.

Cuando abrimos ese gran álbum de la ciudad, comprendemos que la complejidad de avanzar hacia la modernidad y el progreso, metas de los gobiernos en turno, tenía que ver con las aspiraciones postrevolucionarias de desprenderse de todo lo que pudiera remitirnos al pasado, a la ruralidad. Esta transformación citadina, cuanto más cercana a los grandes modelos urbanos del mundo, menos se ligaba a ese México antiguo que reflejaban las fotografías de principios del siglo xx. La expansión debía llegar a todos los rincones de la nueva ciudad, y eso se debía documentar pues sería el testimonio fiel de que realmente se estaba trabajando en el plan de modernización.

Entre las fotografías más representativas de estos tiempos encontramos las que nos dejan ver las manifestaciones arquitectónicas de las zonas ya urbanizadas y que poseen el sello nacionalista emanado de los intelectuales de la Revolución. Las fotos nos demuestran cómo estas construcciones ahora icónicas transformaron calles y avenidas, y dotaron a cierta parte de la ciudad de un aire grandilocuente. Un claro ejemplo es el Monumento a la Raza, obra del ingeniero Francisco Borbolla, y realizado por el arquitecto Luis Lelo de Larrea.

En las imágenes del MAF se puede apreciar el proceso creativo de los escultores, como la foto que incluimos, en donde aparece la parte conocida como “El grupo de los fundadores de México”. Actualmente, el tránsito de la Avenida Insurgentes, en la zona norte de la ciudad, ha provocado que esta obra pase desapercibida para muchos de los conductores; sin embargo, su inauguración, en 1940, fue un evento histórico de gran relevancia, pues reivindicaba el pasado prehispánico.

En esos años, la ubicación de la estructura piramidal se encontraba en los confines de la ciudad, es decir, en un campo despoblado, lejos del centro, donde en los mismos años treinta se seguía construyendo el Teatro Nacional, mejor conocido como el Palacio de Bellas Artes. La imagen fechada en 1928 nos deja ver a los trabajadores, los monolitos de cantera en la parte baja y la cúpula inconclusa. El gran recinto, iniciado en los albores del siglo XX por el arquitecto italiano Adamo Boari, fue concluido por el arquitecto Federico Mariscal, e inaugurado por las autoridades en septiembre de 1934.

Revisar imágenes de un mismo contexto histórico nos permite contrastar las realidades de esa ciudad en expansión que, para 1928, se conformó por un departamento central y 13 delegaciones. El estilo de vida campesino de las comunidades de las delegaciones del sur, ligadas por años a la producción agrícola, se conjugaba con las políticas públicas asistencialistas. Algunas comunidades por fin gozaron del alumbrado público y del agua potable, como lo deja ver la imagen captada por los fotógrafos oficiales en San Antonio Tecómitl, en la actual Alcaldía de Milpa Alta. La placa dice: “Este pueblo fue dotado de agua siendo presidente de la república el C. General Abelardo L. Rodríguez, Jefe del Departamento Central el C. Lic. Aarón Sáenz y Delegado el C. Francisco del Olmo. Tecómilt D. F., noviembre de 1934”. La mano del progreso se expandía poco a poco; una imagen fechada en octubre de 1936 nos muestra la entrega de “casas para campesinos” en algún punto de Xochimilco.

Dentro de esta dicotomía urbano-rural, encontramos otras fotografías que son visualmente impresionantes. Me refiero a las del proceso de construcción de la primera etapa del Sistema Cutzamala. En las fotografías del MAF de principios de los años treinta podemos presenciar esa región cristalina, donde la fuerza de la naturaleza se impone a los

diminutos obreros que con barretas, palos y cadenas, se esfuerzan por transportaron los cuerpos cilíndricos con los que se entubaría el río Magdalena. ¿Qué hubiera ocurrido si estos hombres no hubieran participado en tales mega proyectos?

Mientras que en el centro de la ciudad se iluminaba la Catedral, el Palacio Nacional y la Plaza de la Constitución –llena de jardineras, tranvías y palmeras–, en otros puntos no tan lejanos, la gente seguía desplazándose en trajineras, canoas y animales mulares, disfrutando una vida muy similar a la del siglo xix.

En 1936 los obreros seguían trabajando en la pavimentación de las calles de la Roma sur, como nos muestra la imagen captada en el cruce de Culiacán y Tehuantepec, donde se aprecian casas aún en obra negra, de una sola planta, una de dos aguas, muy al estilo americano; tan sólo un año después, del otro lado de la ciudad, en octubre se inauguraba una de las primeras escuelas en algún pueblo de Milpa Alta.

Así, mientras en 1933 se iniciaban las obras de ampliación en las avenidas del Centro Histórico, que daría paso a las nuevas avenidas, como fue el caso de la Avenida 20 de Noviembre o la de San Juan de Letrán, tal como lo muestran estas fotos históricas, en 1935 se comenzaban las obras para el monumento al general Álvaro Obregón, en la colonia Chimalistac, en la Alcaldía que hoy lleva su nombre. Esa imagen nos muestra un paraje donde predominan los árboles y los terrenos de siembra.

Así ha sido y es esta ciudad… tan cambiante, tan contrastante, tan diferente. Las fotografías del maf dan cuenta de las mega obras, pero también de la precariedad en la que se encontraban muchos de los habitantes de la capital del país; reflejan la grandeza y la diversidad de formas de vida, los ecosistemas y las dinámicas sociales de la gran ciudad. Esta diversidad sigue existiendo y es una de sus grandes cualidades. Después de setenta años, el proyecto modernista no logró extinguir los pulmones de la ciudad ni su patrimonio biocultural, al grado de que esos espacios, que se aprecian en las fotos tan lejanos y bucólicos, son el bastión de su alimentación, de mu- chas de sus tradiciones y de una identidad única.

*Director del Museo Archivo de la Fotografía

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