Texto y fotos por Andrés Oropeza

De niño, mi relación con las criaturas diminutas y de múltiples patas que reptaban por las paredes o entre la hojarasca no era la mejor. Uno de mis mayores miedos era prender la luz del baño en la vieja casa de mi abuela y ver una tremenda araña patona atrapada en la tina, o estar trepando un árbol y descubrir sobre el tronco montones de gusanos con pelos como espinas. Ese tipo de eventos, así como un par de picaduras de abejas y un ataque por parte de un hormiguero, sesgaron mi relación con estos bichos durante años.

Mientras tanto, me hice aficionado a los reptiles, las aves, los anfibios y los peces. Un día, mi abuela puso un invernadero en el jardín de su casa y, como ya estaba viejita, me pidió que la ayudara, tarea que asumí con toda seriedad. Ahí fue cuando descubrí mi fascinación por el mundo de las plantas y decidí estudiar biología. Los primeros semestres de la carrera me costaron mucho trabajo; entre física, química, estadística y biomoléculas, ninguna materia abarcaba los temas que me interesaban, pero logré sobrevivir a esa prueba y cuando por fin tuve clases como diversidad animal y vegetal, ¿qué creen? No fue más fácil. Quedé sorprendido de tanta variedad y complejidad de los organismos, pero esta vez estaba seguro de que el estudio de los seres vivos era algo a lo que me podría dedicar con todo gusto.

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