Por Ana Luisa Anza

Bajo la sombra cálida, un grupo de mujeres borda —¿una falda? ¿una blusa?— y nos de­ja imaginar cómo se verán los tonos azules en una prenda tan espectacular y cotidiana como la que cada una viste.

Doña Norberta muestra con orgullo —y quizá con un poco de pena ante la cámara— su trabajo en el telar de cintura, como si el huipil que porta fuera cualquier cosa porque, sí, es el de todos los días.

Allá va Petra, cargando la leña conseguida a punta de machete, ajena al contraste rojo de su traje triqui con el verdor del caserío, o la orgullosa­ mente tehuana doña Fernanda, quien se asume modelo para hablarnos en imagen del traje comple­to, con todo y el “resplandor” que ilumina los rostros de las mujeres cuando está de fiesta el Istmo oaxa­queño.

Son de distintas comunidades, diversas etnias, culturas ancestrales que no siempre tienen un de­ nominador común. Pero algo une a las mujeres y hombres que forman parte de la serie de la cual presentamos una selección. Ese “algo” es que ya no, ya no en todos los pueblos se sigue usando el traje tradicional que los distingue de otros.

Poco a poco, las telas y bordados que les daban identidad han ido siendo relegadas a los armarios para usarse, eso sí, en las fiestas tradicionales. Pero los hombres y mujeres retratados por Eric Sebastian Mindling no se “disfrazan” para la foto: ellos siguen usando sus trajes en la vida cotidiana.

Por eso el trabajo de Mindling fue una especie de búsqueda de lo auténtico, como auténticos son sus modelos, en un proyecto surgido de manera fortui­ta, sí, pero no de la improvisación sino de una ex­periencia de haber caminado las tierras oaxaqueñas durante veinticinco años.

Y es que primero –antes de los trajes y los borda­dos y los telares y los tintes naturales– había respi­rado humo durante quince años, al convertirse en un explorador de la cerámica utilitaria.

Había vuelto, a sus poco más de 20 años de edad, a la ciudad que conociera unos meses antes (la del nombre impronunciable: o-a-x-a-c-a), la que le había hecho respirar el aroma a alfalfa y que podía palpar­ se entonces desde la ADO, cuando por primera vez fue a estudiar español, la que le mostró sus edificios viejos de historia viva que podía masticarse… Que­dó atrapado por su riqueza en culturas humanas tradicionales tan arraigadas y su destino quedó marcado.

Una vez terminada su carrera en Artes, en Estados Unidos, se topó de frente con alguien que necesitaba un comprador de ollas en Oaxaca. Exportación ­im­portación. Como hecho a la medida, se embarcó en recorridos intensivos por todo el estado para clavar­se en el barro, sentir el calor de sus hornos y respirar el humo en comunidades donde la herencia cultural estaba intacta.*

Cuando cesó esa actividad comercial, sabía que necesitaba dar a conocer al mundo la herencia trans­mitida por generaciones a través del humo. Así que inventó recorridos de turismo cultural enfocados primero a los pueblos alfareros —“la olla es un obje­to del cual hablamos para conocernos”— a los que fue integrando luego el campo, los oficios, las formas de construcción, la gastronomía y el textil, con sus sedas, su caracol púrpura, sus diseños, sus listones…

Las revueltas sociales de 2006 apagaron el turismo, así que tuvo que buscar una alternativa, algo a lo cual dedicarse. Lo último en su lista era: “Fotógrafo”. Un viaje a su tierra natal y la visita a un estudio fo­tográfico lo hicieron cambiar de opinión.

Había tomado fotos, claro, pero ¿qué era esto de la luz artificial, los cicloramas, las posibilidades de control sobre el resultado final de la imagen?

Y por uno de esos casos fortuitos de la vida, justo en medio de un tour por la costa oaxaqueña, uno de los turistas le comentó que tenía una editorial y le propuso hacer un libro sobre los textiles de Oaxaca, de los que tanto hablaba. La respuesta, aun medi­tada, fue “no”.

Pero lo pensó y lanzó una contrapropuesta: hacer un registro de los trajes que siguen en uso, en las comunidades en donde siguen vivos, en donde simbolizan pertenencia, raíz, sabiduría. Un libro en donde el ser humano fuera el enfoque principal, que rompiera el esquema de la foto tradicional docu­mental que se hace en las zonas indígenas.

“Si a ellos yo los veo como héroes, los quería re­ tratar como héroes”. Eso implicaba ofrecer todo –¿por qué no?, flashes, luz artificial, trabajo de pos­ producción– para que sus modelos fueran tratados como modelos, con toda la belleza y esplendor de su indumentaria y sus entornos.

Quería que las estrellas fueran quienes portaban el traje y el mundo en que se insertan: “Es un home­naje, un canto a ellos”.

Eligió dieciocho comunidades. El propósito no era ser exhaustivo en la variedad de indumentaria de todas las regiones, sino resaltar la diversidad del traje en uso como un documento artístico, sí, pero a la vez construir un registro documental: un museo entre páginas.

Vino después la parte de los trámites: permisos con las autoridades, la búsqueda un tanto al azar de los modelos –basada sobre todo en que fueran quie­nes sí usaban sus trajes–, y luego la toma que les diera la dignidad y la fuerza.

Algunas de sus fotografías fueron tomadas en estudio y luego “ambientadas”. Sabe que hay quie­ nes critican el uso de esa posproducción mediante el Photoshop, pero no se echa para atrás.

“Yo no quería hacer lo que NatGeo, a la que respeto mucho, sino poner en un solo espacio del lenguaje visual lo que está de moda… eso les da poder; además, ellas están siempre representadas como pobres en lo documental: aquí ellas son es­trellas de la moda, son mis estrellas y quería darles esa dignidad”.

Las 175 fotografías que componen el libro Oaxaca Stories in Cloth, de la editorial Thrums llc —por ahora disponible en Amazon y en algunas librerías, como Gandhi— son un documento de la cultura textil viva, que lucha por preservarse en los lugares más recónditos del estado oaxaqueño.

* Acerca de la alfarería en Oaxaca, tiene también Barro y fuego, un libro de Innovando la Tradición ac, escrito por Mindling y publicado por Arte Oaxaca, una visión panorámica del pasado, presente y futuro de la alfarería oaxaqueña, en el cual documentó la práctica alfarera en 65 comunidades de Oaxaca.

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