Por Sylvia González de León

La muerte de Carlos Jurado (1927-2019), el 30 de noviembre del año pasado, pasó casi inadvertida en los periódicos y suplementos culturales de nuestro país, un hecho que me pareció tan injusto como incomprensible. También durante su larga y creativa vida privó el silencio sobre su talento y obra singular, no era un artista interesado en el dinero o la fama. Hacía su trabajo porque era lo que sabía y amaba hacer.

Lo conocí en 1988 en el Puerto de Veracruz. Yo había llegado a esas cálidas tierras unos meses antes cuando se creó el Instituto Veracruzano de Cultura (IVEC). La primera vez que lo vi fue en una mesa redonda; había en su manera de hablar una sencillez y modestia que llamaban la atención, a pesar de su ya larga trayectoria en el arte nacional.

Incansable dibujante, pintor de caballete y muralista, cineasta, investigador de las artes visuales, fotógrafo experimental, maestro de varias generaciones en Veracruz, Morelos y Ciudad de México.

Recuerdo que su manera de vestir, su lenguaje corporal y su manera de expresarse, lo hacían parecer algo tímido, pero lo destacaban de todos los ponentes.

De estatura media, complexión delgada, cabello cano, un poco calvo, ojos claros detrás de unos gruesos lentes, tez requemada por el sol, vestía siempre ropa informal, pantalones vaqueros, camisa de algodón a rayas o cuadros, zapatos cómodos. Era en un joven vital de 61 años.

Poco después fue nombrado jefe del Departamento de Artes Plásticas del IVEC. Fui a verlo, le conté que necesitaba trabajar y me contrató como su asistente. Laborar con tanto calor y humedad, con ventiladores que hacían volar los papeles por los aires, y con limitaciones de presupuesto no era fácil, pero pudimos realizar varios proyectos.

Yo ya practicaba la fotografía, había aprendido lo básico con un amigo en su cuarto oscuro y de manera autodidacta; en los ochenta asistí al taller de Kati Horna en la Academia de San Carlos. Mi mudanza del D.F. a Veracruz me hacía sentir desorientada.

Conocer a Jurado significó para mí un cambio en la forma de abordar la profesión, había algo particular en todas sus imágenes, distinto a todas las que yo había visto hasta entonces, las que más atrajeron mi atención en ese momento fueron las tomadas con sus cámaras estenopeicas.

Le pedí que me enseñara a hacer una cámara de cartón. Fabricamos una con cartón rígido, le hicimos el estenopo, la pintamos de negro, la cargamos con papel fotográfico y salimos a tomar fotos de los barcos atracados en el puerto. El resultado me sedujo de inmediato y así empecé a experimentar con la técnica.

Jurado me mostró sus cámaras sin lente y las imágenes que hacía con ellas, sus cámaras viejas de colección que también usaba, sus impresiones a la goma bicromatada, los adicromos, las serigrafías que había hecho con sus alumnos en Xalapa. Tenía muchas obras realizadas con técnicas experimentales colgadas en su lugar de trabajo. También adornaban los estantes de libros varias artesanías mexicanas que formaban parte de su imaginería creativa.

Al redactar estas líneas decidí no hacer una biografía más de Carlos Jurado. Me pareció mejor contar cómo lo conocí, lo afortunada que fui al compartir por un tiempo su entorno, disfrutar de su creatividad, enseñanzas y conversación amena.

Era una persona muy completa, como un artista del Renacimiento, sabía de arte, literatura, música, cine, ciencia y política, otra de sus pasiones. Leía periódicos, revistas, libros. En sus relatos contaba sobre su infancia en San Cristóbal las Casas; sus viajes como marinero en un barco; sus estudios en la Ciudad de México; sus regresos a Chiapas, donde trabajó en comunidades indígenas al lado de Rosario Castellanos y pintó murales en la Facultad de Derecho; su estadía en Cuba donde luchó por la Revolución y conoció a Chichai, su compañera de vida; su paso por Guatemala, donde estuvo preso… todas, vivencias interesantes y curiosas que narraba con lujo de detalles y con mucho humor.

Siempre estuvo rodeado de sus alumnos y otros jóvenes que, como yo, lo seguían por la generosidad para compartir sus saberes y por su gran simpatía. Por todo eso… lo extrañamos.

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