Alejandro Rivas, Premio Fernando Benítez 2011

Los habitantes de las comunidades costeñas de Baja California Sur que luchan por hacer fructífera la actividad de arrancar al océano una pequeña parte de su riqueza marina, han sobrevivido en un ambiente de desigualdad debido a la escasez de proyectos productivos, así como a la sobreexplotación de las zonas pesqueras de grandes embarcaciones provenientes de otros estados y del extranjero, las cuales extraen en una sola vez el equivalente a lo que un pescador recolectaría sin descanso en 13 días.

A las comunidades ribereñas, sobre todo a las de mayor importancia en biodiversidad, han llegado diversas organización no gubernamentales (ONG’s) que procuran la regulación ecológica de dichas áreas introduciendo una dinámica de preservación, desafortunadamente con prácticas alejadas de la cotidianidad del pescador.

No es raro que el intento de esas organizaciones por regular a los pescadores termine en fracaso o se logre después de años de ardua labor, principalmente cuando no se ofrecen alternativas productivas que empoderen a los habitantes locales.

Un trabajo exitoso en una comunidad implicaría fomentar la cultura y la educación ambiental antes del ordenamiento, así como también la atención de problemas socioeconómicos, como la ocupación alterna para los pescadores.

Que las comunidades puedan comprender la importancia de la preservación de sus recursos en el presente y para el futuro es  una tarea compleja que implicaría un proceso de empoderamiento, lo que significa que, de manera individual o en grupo, los pescadores impulsen cambios positivos de manera autónoma, que los conviertan en dueños de sí mismos y de su futuro, sin esperar la provisión del Estado o de las ONG’s.

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