Texto por Pedro Anza                                       

Vuela en las alturas de una presa un águila pescadora; lleva atrapada en las garras, aún viva, a una lubina que abre sus branquias inútiles y golpea frenética el viento con su cola. Debajo, una pequeña lancha de motor persigue a la captora, que se aleja en su horizonte de ave trazando líneas transparentes en la cúspide azulada del desierto. No le falla la vista al águila desde la lejanía, cada vez más lejana, de su vuelo emplumado; son dos seres humanos, uno reclinado sobre una orilla del bote y el otro, desesperado, sujeta un objeto negro y extraño delante de su cabeza que apunta hacia el cielo y hacia el alado que en un instante desaparece como lo hacen las estrellas al clarear.

Silbidos-Daniel Garza Tobón-RevistaCuartoscuro

—La tomé con un lente 400, desde una lancha en movimiento, es muy difícil encuadrar aves en vuelo. Vimos al águila que pasó volando y le dije al de la lancha: “¡Sigue a esa águila!”. El bote se iba moviendo con el oleaje, muchísimo. Cuando usas un lente con zoom, pues le puedes quitar el zoom para encontrarla más fácil, pero con un lente fijo, y luego de este tamaño, pues el lente pesa como cuatro o cinco kilos, está pesadísimo el lente… La fuimos siguiendo un rato hasta que se alejó mucho y ya no la pudimos hallar.

Quien habla es Daniel Garza Tobón, ornitólogo, pajarero y fotógrafo coahuilense, quien asegura ser el hombre desesperado avistado por el águila de la lubina moribunda, que apuntaba al cielo con el objeto extraño en aquella presa del noroeste del territorio conocido como México.

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