Por Carolina Romero

Leyendas y textos de todas partes del mundo cuentan un mismo sueño que ha perseguido al hombre a lo largo de la historia y desde que sus ojos se posaron en lo infinito del cielo: volar.

Pasando por el mito de Dédalo e Ícaro –atrapados en la isla griega de Creta, de la que escaparon gracias a un par de alas fabricadas con plumas y cera–, los trazos en los que Leonardo da Vinci bocetó un sinfín de diseños de planeadores, la búsqueda de viajar en globo aerostático y hasta los cientos de experimentos para lanzar al aire decenas de máquinas voladoras, la fantasía fue ambicionada hasta que la humanidad logró despegar los pies de la tierra.

Entonces nació también la fotografía aérea, como unas maravillosas alas que brindaron al hombre la oportunidad de observar lo que no ocurre a ras del suelo.

Pero contemplar el mundo desde el alcance de una nube cobró una dimensión distinta cuando la mirada pudo trasladarse al cielo sin necesidad de que lo hiciera el cuerpo… entonces los drones revolucionaron la manera de echar un vistazo –a ojo de pájaro– a los lugares por los que transitamos cotidianamente, y también de conocer desde una perspectiva impensable los sitios y paisajes que, incluso, no hemos observado aún.

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Quizá en su otra vida Santiago Arau fue un aeronauta… Por ahora, el fotógrafo aleja su taza de café, pero toma la servilleta y de su bolsillo saca una pluma azul. Traza tres líneas y un horizonte, y luego esboza un par de montañas y el sol. Piensa y acomoda el encuadre en el papel como si estuviera mirando a través del visor de su cámara o de la pantalla remota de su dron.

Recomponer la realidad del paisaje aéreo y terrestre ha sido su trabajo, pero también su pasión, prácticamente desde que los drones llegaron a México, pues Arau forma parte de la segunda generación de fotógrafos que dio vuelo a esta manera de hacer imágenes en el país.

Antes de él, muchos pioneros “subían unos cacharros hechos en casa con cámaras réflex”. Y ahora, cuando un dron está al alcance de cualquiera, Arau cuenta que sus imágenes logran destacar por el simple y sencillo hecho de que sigue las reglas de composición e iluminación que aprendió en la escuela de fotografía.

“La fotografía aérea ha existido desde siempre, desde el daguerrotipo, pero los drones empezaron a cobrar una relevancia que no existía porque, antes, para lograr una toma, tenías que subirte a un helicóptero y además no te podías acercar a los objetos que querías retratar. Ahora sí. Cualquiera, alguien común y corriente, puede hacer una foto aérea gracias a la tecnología”, dice.

Sin embargo, las fotografías de Arau cobran una dimensión social distinta y única por proponer composiciones que van más allá del registro panorámico.

Ya sea pilotando un dron en la cima de un volcán, con cámara en mano desde algún helicóptero o disparando a través de la ventana de aviones, descubre paisajes improbables y las exuberancias naturales de México, al mismo tiempo que nos enfrenta a desastres ambientales, arbitrariedades urbanas y a lo despiadado de las fronteras, sin olvidar los rostros de los que habitan esos lugares.

En sus imágenes, nos muestra cómo los ríos se dibujan como venas enredadas en un suelo verde en Sinaloa o cómo las olas abrazan a un surfista que queda reducido en la inmensidad del mar de Acapulco, pero también nos invita a la reflexión al observar cómo las tonalidades de los bosques golpean de frente con el gris del concreto de las ciudades o cómo las grandes urbes no son sino cientos, miles… millones de habitantes en cientos, miles… millones de automóviles y generando cientos, miles… millones de residuos.

Sus fotografías de volcanes, las ciudades, destrucción, del concepto de fronteras y de la biodiversidad están conectadas entre sí, a través del aire.

Hace siete años, Arau comenzó su aventura para retratar el país, un recorrido de 33 mil 302 kilómetros a lo largo, ancho, alto y profundo de la República Mexicana que culminó en más de 5 mil fotografías, en el libro Territorios –editado por la fundación BBVA– y en una exposición homónima en el Colegio de San Ildefonso.

Pero la peripecia también le dejó tres llantas ponchadas, varios atascos y tres multas; nuevos amigos por todo México; fotos a −15°C en la cumbre del Iztaccíhuatl y a 48°C en Mexicali; decenas de amaneceres y atardeceres, siempre persiguiendo la luz; haber nadado con tiburones en una isla lejana o hasta haberse asomado al cráter de un volcán activo.

“No quería hacer un libro como estereotipo de México. Apoyado de un mapa de Google Earth, trazaba rutas y planeaba tiempos, investigaba qué paradas podía hacer y los lugares que podía visitar.

“Después de haber hecho este viaje, puedo decir que me siento privilegiado, que tengo todo lo que necesito y que no me hace falta más”.

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