Texto por Aritz Tutor / Fotos por Cristian Sarmiento

Los refugiados saharauis viven en carne propia la privación de movimiento y el aislamiento, pues llevan casi medio siglo lejos de su tierra. Muchos de ellos no han podido abrazar a sus fa­miliares en décadas, debido a la separación forzo­sa que impone Marruecos, después de haberlos expulsado de su hogar. El estallido mundial de la pandemia ha obligado a cancelar eventos de vital importancia, como la celebración del festival de cine Fi Sáhara, que busca visibilizar el conflicto a nivel internacional, y del programa Vacaciones en Paz.

Ahora que dos de las pocas ventanas al mun­do de los que dispone el pueblo saharaui han quedado cegadas, los campamentos de refugiados se hallan un poco más incomunicados.

Sin embargo, los saharauis cuentan con un pode­roso activo: la experiencia de haber vivido un régi­men de semireclusión durante muchos años, confi­nados en lo recóndito del desierto argelino. La savia nueva que aportan los jóvenes es decisiva a la hora de dibujar un horizonte de esperanza.

JUVENTUD EN MARCHA

Los jóvenes saharauis tratan de salir adelante en unos campamentos de refugiados que, pese a su aparente inmovilidad, están en un proceso de cam­bio. Después de más de 40 años de exilio forzado, la población joven ha comenzado a esbozar sus propias referencias y su particular manera de abordar el conflicto con Marruecos. Larabas Said encarna el brote de esta singular visión. Recostado en el capó de un desvencijado Mercedes nos desgrana los tra­zos de una guerra latente. Para él, la lucha contra Marruecos, que ya se alarga 40 años, debe volver a los cauces del enfrentamiento armado.

Tras el armis­ticio de 1991, que suspendía la guerra iniciada en 1976 (tras la salida de España de los territorios del Sáhara y la posterior ocupación cívico­militar ma­rroquí), el pueblo saharaui representado por el Frente Polisario trató de ganar el derecho al retorno mediante la vía diplomática.

Bajo el auspicio de la ONU se debió celebrar un referéndum vinculante sobre el futuro de los Territorios Ocupados, pero casi 30 años después, la situación sigue estancada debido al bloqueo que Marruecos impone arguyen­do no estar de acuerdo con el censo de votantes.

Larabas es hijo del conflicto y, a pesar de no ser belicoso, ve con buenos ojos una movilización gene­ral si no se logra desbloquear la situación de su pueblo. En realidad, su posición es un ejercicio de pragmatismo porque la vía pacífica asociada a la diplomacia no ha traído ninguna solución. Por el momento, prefiere emplearse en los tambores de coches y camiones que en los tambores de guerra.

A sus 25 años, ya ha recorrido las carreteras de media Europa. Trabajó como transportista durante el tiem­po que vivió en Bilbao, hasta que decidió volver a los campamentos, para estar cerca de los suyos. Ahora ha cambiado el asfalto por la arena y trabaja como mecánico arreglando coches que conduce hasta Mauritania para venderlos, después de sortear mil y una trabas a través del desierto.

Los campamentos saharauis se componen de wilayas, que llevan el nombre de las provincias de su país, el Sáhara Occidental, y se asientan en un terri­torio cedido por Argelia, en el sur del país. Esta zona del desierto, llamada hamada, es una superficie rocosa e inhóspita que se conoce como el desierto en el desierto, por sus condiciones extremas.

Aziza, Malu, Embatu, Umlajut, Atu y Sbaita afir­man que les gustaría volver a su tierra, pero les da miedo la separación. Estas seis amigas, todas ellas con edades comprendidas entre 18 y 20 años, estudian junto a otras compañeras en la Escuela Afad, una academia de formación profesional para mujeres. Después de las clases se reúnen a comer en un céntrico restaurante e intercambian impresiones. En estos momentos entre amigas desarrollan un alto grado de libertad y pueden sentirse ellas mismas. El papel de la amistad entre las jóvenes saharauis tiene además el valor de generar espacios seguros y amables donde compartir y explayarse.

No en vano la presencia social y mediática de la lucha feminista a nivel mundial también contagia las reivindicaciones cotidianas de las mujeres saha­rauis. Las chicas cuentan que ahora las jóvenes quieren estudiar, formarse, hacer otras cosas que las determinadas por los roles tradicionales. Histórica­mente, las mujeres saharauis han tenido un mayor peso social, en comparación con otras sociedades árabes, aunque hay otras chicas que sí que se ciñen a patrones más tradicionales, como es el caso de elegir casarse tempranamente.

SALTO DIGITAL

La llegada de las redes de internet ha supuesto una revolución en los modos de vida de la juventud en los campamentos. Antes de la era de la hiperco­nexión, el único modo en el que los adolescentes saharauis pudieron abrirse al mundo y experimen­tar de primera mano lo que era vivir en otro país fue con el programa Vacaciones en Paz. Mediante esta iniciativa, miles de niños y niñas viajan cada año a España para convivir durante algunos meses con sus familias de acogida.

Wita Alin está a punto de cumplir la mayoría de edad y durante años estuvo yendo a Asturias, donde tejió un vínculo perenne que dura hasta hoy. Ahora utiliza el teléfono celular, entre otras cosas, para poder comunicarse con su segunda familia. Cuenta que su sueño es ser fotó­grafa y poder realizar una exposición en España. Por ahora se conforma con exprimir a través de su mi­ rada la realidad que le rodea. Desde su prisma, el entorno árido cobra vida y color.

Al igual que Wita, muchos jóvenes inventan alter­nativas que dignifiquen su presente y el de los que les rodean. Ese es el caso de Lhaj Lelubib, de 26 años, que junto con su primo Sidi Moh Mulay abrió un puesto ambulante de kebab en Smara. Sin reparar en la extraña conjunción de un kebab en un campamen­to de refugiados, Lhaj cultivó su sueño basado en lo obvio, que a la gente le gusta salir a comer fuera. Para impulsar su idea se formó como autodidacta con videotutoriales en línea. Gracias a ello se ha con­ vertido en un referente en los campamentos y tam­bién para muchos jóvenes, que ven en él la esperan­za de sobrevivir y labrar su propio camino sin tener que marchar a otro país. Respecto a la vuelta a su tierra, Lhaj lo tiene claro: Quiere volver, pero al vo­lante de su restaurante con ruedas… “¡y por el cami­no vendo bocadillos!”

RESISTIR Y VENCER

Hindu Mani, de 28 años, también vislumbró que el buen comer tiene cabida en cualquier lado. En su caso abrió una pizzería en Auserd, después de reci­bir un curso de cocina. Al inicio tuvo que pedir di­ nero prestado, pero el proyecto fue creciendo poco a poco y muy pronto del horno comenzaron a salir pizzas y beneficios. Ahora, incluso, ha inaugurado una pastelería en la lejana wilaya de Dakhla. Cuenta que al principio mucha gente le dijo que desistiera, que una mujer trabajando no llegaría lejos, pero una vez que despegó venían a pedirle empleo. Hindu se ha convertido en un ejemplo para otras jóvenes, que vienen a presentarle sus propios proyectos.

Una de las alternativas a la que más jóvenes se aferran es el deporte. En las escuelas de boxeo, por ejemplo, los aprendices de Muhammad Ali se entre­nan con un divertido intercambio pugilístico.

En efecto, los campamentos de refugiados son enormes prisiones al aire libre y de energía humana contenida y malgastada. Sin embargo, en este aciago escenario la juventud saharaui tiene la última pala­bra. El desafío es grande, pero las ganas de superar este bloqueo son mayores.

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