Texto y fotos por Rodolfo Ayala

Siempre he encontrado la cultura Quechua fascinante, las montañas donde habitan, los colores tan vivos en sus vestuarios y su adaptación a los climas en los que habitan, donde la mayor parte del tiempo hace frío. Tenía desde el 2018 planeando mi viaje por Perú, quería conocer todo aquello que solo había visto en fotografías, pero también quería generar mis propios recuerdos en fotos. Fue hasta noviembre de 2019 cuando por fin tendría la oportunidad de conocer esas tierras místicas.

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El lugar que más ansioso estaba por conocer era la comunidad de Ccor Ccor, se encuentra a unas horas de la ciudad de Cusco, y aunque esté tan cerca de la ciudad, te sientes en otro lugar como si ahí el tiempo se hubiera congelado. Está aproximadamente a 4 mil metros sobre el nivel del mar y el paisaje es asombroso, las casas tienen una vista increíble con enormes montañas alrededor, son hechas de adobe y el techo con una planta llamada icchu que solo crece en las montañas y es un impermeable natural para las chozas. El olor a leña se percibe por las calles y la gente te recibe con una sonrisa de oreja a oreja. Al llegar a la casa de la familia Pitanzo nos recibió la encargada de la casa Marleny, con quien había tenido contacto semanas antes para poder aprender sobre su estilo de vida y fotografiarlo.

Al entrar a su casa me presentó con las demás mujeres, Mariluz, Clemencia, Tiburcia y la más pequeña Yuriana. Las cuatro señoras desarrollan las mismas actividades, desde que se levantan para sacar a los animales a pastar, elaborar paso a paso sus distintas variedades de productos textiles, cocinar, cuidar a los niños, ayudar a los hombres a la siembra de semillas y llevarles más tarde sus alimentos, mientras Yuriana ayuda a cuidar a su hermano Antay y se educa en el arte textil.

De las manos de estas mujeres nacen los colores característicos de las vestimentas de la zona que son reconocibles en cualquier parte del mundo; desde jóvenes aprendieron la recolección y lavado del pelaje de la alpaca, el teñido y el uso del hilar, el uso de plantas e insectos para el teñido. Estos conocimientos los pasan a su descendencia y es así como mantienen sus memorias ancestrales como actos cotidianos.

En esta comunidad no utilizan medicamentos generados en laboratorios, ni inyecciones como usualmente se acostumbra en mi lugar de origen. Estas mujeres son expertas en identificar las plantas y utilizarlas para las distintas enfermedades que llegan a sufrir en los andes. Usan lo que les brinda Pachamama, la madre tierra.

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Cada acto lleva con ellos su cultura, desde sus alimentos que compartieron conmigo hasta su manera de cargar a sus hijos. Mariluz nos enseñó cómo era que podía cargar a su pequeña bebé Sulay y protegerla al mismo tiempo del clima de las montañas. Lo enrollaba en varias capas de para que al caminar las largas distancias que necesitan recorrer a diario. La técnica probó su eficiencia el bebé se mantuvo derecho y con su gorrito de alpaca en su lugar.

Además son grandes anfitriones, cuando llegó la hora de retirarme, la familia Pitanzo me despidió con un fuerte abrazo y un collar de flores amarillas. Experiencias todas que me dejan con ansias de volver y saludar a mis amigas andinas nuevamente.

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