Texto y fotos Iván Restrepo

Son nuestros vecinos nocturnos en la colonia Hipódromo-Condesa. Los más tranquilos y menos vistos porque suelen llegar a medianoche. A dormir. Sus camas: las aceras de algunas calles, las bancas del Parque México y las avenidas Durango, Nuevo León y Alfonso Reyes.

De colchón les sirven los cartones que obtienen en los comercios de la zona y en la basura. Se arropan con plásticos de diverso tamaño y espesor, periódicos y cobijas que rescatan de la basura. Dos de los visitantes nocturnos se guarecen de frío con las coloridas que venden en la calle campesinos de Tlaxcala.

Todos ponen a buen resguardo los zapatos y una que otra bolsa con sus pertenencias. Hay cada amigo de lo ajeno que….

Para las 9 de la mañana, ya han abandonado sus dormitorios. La mayoría migra. Los pocos que permanecen en la colonia subsisten de la comida que les regalan vecinos y de los restos de productos chatarra que venden en las tiendas de conveniencia. No he visto que pidan limosna.

Apenas una mujer, de edad indefinida, tiene su lugar fijo: en la entrada de una casa abandonada en avenida Michoacán, frente al supermercado. Lleva allí varios meses rodeada de todo tipo de objetos que recoge de la calle. Y acompañada de un perro.

Desconozco dónde hacen sus necesidades fisiológicas. Pero sí que varios se asean y lavan su escasa ropa en la fuente del reloj del Parque México, que recuerda el genocidio cometido por Turquía contra el pueblo armenio entre 1915 y 1917.

Ni los vecinos ni los policías los molestan. Es lo menos que podemos hacer: son muestras vivientes de la injusticia social y económica de México. Y que con la pandemia es todavía mayor.

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