Texto y fotografías de Franck Courtel

La primera vez que vi a los seris fue en 1995 en Punta Chueca, a la orilla del Mar de Cortés, en el Golfo de California. Aunque en realidad fue la segunda, pues ya los había visto en un libro de fotografías de Graciela Iturbide. Fue doce años después, en 2007, que tomé la decisión de visitarlos, convivir con ellos y pasar largas jornadas en su localidad, lo que derivó en este trabajo fotográfico.

Recuerdo la gasolinera en Bahía de Kino, donde debía esperar la pick-up que va a Punta Chueca. Era agosto y la temperatura llegaba a 40 grados centígrados. Luego de horas y el paso de dos camionetas con otra dirección, llegó un carro en el que viajaban cuatro seris, quienes luego de consultarse, observarme, preguntarme con quién iba y escuchar el nombre de “el Chapo Barnett”, me permitieron viajar atrás.

Durante treinta minutos recorrimos parte del desierto, luego ingresamos a territorio seri. Eran casi las siete de la tarde, la noche cubría inexorablemente el paisaje. El cielo, todavía claro, me permitió ver el baile de los cactus sahuaros en el horizonte. Un águila dio cuenta de nuestro arribo, gritó y me dejó sin voz.

Mi sésamo para entrar en contacto con la comunidad fue Gabriela, una jovencita de veinte años a quien le interesa la fotografía. Durante dos semanas recorriendo el pueblo con mis dos «guías-intérpretes», Gabriela y su tía, me di cuenta de que, a pesar de su aislamiento geográfico, los seris tienen acceso a internet, teléfonos celulares y a telenovelas mexicanas. Por esas razones y, no obstante la presión de los papás para que sean fieles a sus tradiciones, es difícil para estos jóvenes encontrar su lugar. Finalmente, si lo pensamos bien, están en el cruce de tres culturas: seri, mexicana y estadounidense.

Conforme pasaba el tiempo y gracias a la convivencia con ellos, mi trabajo fotográfico se orientó de un modo muy particular. Mientras japoneses, italianos, gringos, alemanes o checos recorren miles de kilómetros para asistir al Año Nuevo seri, a finales de junio, porque es la fiesta tradicional por excelencia, yo decidí guardar en el armario sus vestuarios tradicionales y retratarlos fuera del lugar común del indígena, con su comitiva de procesiones y amuletos con poderes esotéricos.

Los indígenas del siglo XXI también se integraron al proceso de globalización y a la revolución tecnológica, aunque con carencias de herramientas. La consecuencia de eso ha sido el desarrollo de reflexiones y comportamientos muy particulares.

La fotografía es un espejo. La fotografía es un intercambio, es también una búsqueda. Yo descubrí la armonía y belleza en los rostros de sus mujeres, los paisajes y las actitudes. La profundidad de una mirada y el camino de una arruga. El brillo de una cabellera y el reflejo del sol sobre el mar. El ruido de los pliegues de una falda y un guiño al atardecer. La caricia del viento sobre una cara con cabellos interminables. Una pulsera de caracoles, un número de teléfono, una dirección de e-mail.

Las mujeres seris no sueñan sólo con casarse y tener hijos, quieren viajar, estudiar; al mismo tiempo, se muestran orgullosas de lo que son. Conformadas por la contradicción natural de su geografía, en medio del desierto y el mar afloran como una especie preciosa de cactus que asida a su tierra no cesa de añorar la libertad.

Este texto forma arte de la revista Cuartoscuro 17, publicada en 2011.

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