Juan Carlos Aguilar García

©Enrique Metinides, "Sólo quería conocer la muerte" dijo Juan Antonio N, luego de que socorristas lo convencieron de no lanzarse desde la cúpula del estadio Toreo a una altura de 400 metros, México DF mayo, 1971
©Enrique Metinides, “Sólo quería conocer la muerte” dijo Juan Antonio N, luego de que socorristas lo convencieron de no lanzarse desde la cúpula del estadio Toreo a una altura de 400 metros, México DF mayo, 1971

Asesinatos, incendios, terremotos, accidentes automovilísticos y suicidios son sólo algunos de los temas en los que está dividido el archivo de Enrique Metinides. A él nada le pueden contar. Ha visto todo, desde que era un niño de 11 años, cuando inició su labor como fotógrafo de la muerte.

Que si el bebé que fue devorado por las ratas, la madre que se ahorcó en el árbol más alto de Chapultepec, desesperada por no poder ver a su hija, o el ingeniero que recibió una descarga de 60 mil voltios mientras cambiaba una línea telefónica.

“Si te contara todas las cosas que vi… Más o menos estuve presente en los incendios de 35 cines, 15 bares y dos refinerías; en más de 200 avionazos y tantos descarrilamientos de trenes que ni te imaginas. Lo único que me faltó fue el choque de dos submarinos”, asegura Metinides, quien desde 1993 vive en el retiro.

Ahora todo son recuerdos, buenas anécdotas. Rodeado de libros y revistas de todo el mundo que elogian su trabajo, recuerda que el origen de todo ocurrió en una sala de cine, donde presenció la violencia por primera vez.

Observaba todo tipo de películas, pero el verdadero asombro fue ante el primer film de gángsters. Entonces vino la lección fotográfica: “Algo que se me quedó muy grabado fue una escena en la que durante una explosión, el director nunca mostró el edificio en llamas, sino las sombras de éstas en los rostros de las personas que observaban. Estuvo increíble”.

Ese fue el origen de los “mirones” de Metinides y de todo un estilo fotográfico que, por extraño que parezca, rehúye de las escenas sangrientas. En sus imágenes no hay sangre, o en todo caso, no más de la inevitable. Lo que sí hay son dramas, tragedias del teatro de la vida.

Al principio, cuando su padre le regaló su primera cámara, una Brownie Junior, lo primero que fotografió fue un carro chocado. Al día siguiente tomó otro, luego otro y otro…
A sus 12 años, retrataría su primer muerto: un decapitado en la morgue. Apenas tomó la foto, salió corriendo espantado. Durante un mes no pudo comer carne.

Al poco tiempo intentaría algo insólito en la fotografía de nota roja: quitar todo rastro sangriento. Muchas de sus imágenes están tomadas con la cámara a ras de suelo para hacerla desaparecer. Otras veces, ha preferido tomar, antes que el cadáver, algún aspecto de la escena del crimen: el arma, una carta o la mascota.

La idea, ha explicado repetidamente “El niño”, como era conocido entre sus compañeros fotógrafos, era recrear el crimen como si se tratara de una película.

El resultado es una galería trágica que en su tiempo se publicó en el periódico La Prensa y en revistas como Crimen y Alarma!, pero que ahora es admirada en todo el mundo gracias a diversas exposiciones en Polonia, Nueva York, Inglaterra, Alemania y España.

Durante 50 años la lista de méritos es envidiable. Fue el primer fotógrafo en viajar en las ambulancias de la Cruz Roja, el creador del sistema de claves que utilizan los rescatistas, y el autor de la ahora clásica imagen que encuadra el arma homicida en primer plano.

La lista de exclusivas no es menor. Siempre llegaba antes que todos. Metinides asegura que en por lo menos tres ocasiones tuvo la premonición de que un accidente ocurriría. Dos de ellas le valieron tener la foto exclusiva, pues nadie creyó en sus palabras. La otra le salvó la vida.

Todo esto lo cuenta Metinides en un hogar donde se respira la nostalgia. Actualmente pasa sus días grabando imágenes de accidentes que ve en la televisión y escuchando su radio con la frecuencia de la policía. “Es la pura nostalgia, lo que pasa es que quisiera estar ahí, pero ni modo…”

©Enrique Metinides La vendedora de nopales Tiburcia González victimó a Gregoria Cruz Rodríguez por viejas rencillas, con el cuchillo que sostienen el policía. Tiburcia no huyó por no dejar a sus hijos... México, Marzo, 1968
©Enrique Metinides La vendedora de nopales Tiburcia González victimó a Gregoria Cruz Rodríguez por viejas rencillas, con el cuchillo que sostienen el policía. Tiburcia no huyó por no dejar a sus hijos… México, Marzo, 1968

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