Por Ana Luisa Anza

Al principio, todo era magia.
La magia de elaborar detalladas órdenes de trabajo como para un ejército de fotorreporteros cuando la realidad era que había sólo dos o tres que tenían que multiplicarse para estar aquí y allá, casi omnipresentes, para abarcarlo todo con los mínimos recursos. 

La de lograr adentrarse en alguna cobertura blandiendo como espada una credencial recién estrenada –desconocida para los encargados de vigilar las entradas y salidas custodiadas por “los de Comunicación Social”– y tener que explicar que se trataba de una nueva agencia que habría de ganarse el nombre y el espacio a como diera lugar. 

La de hacer caber un laboratorio oficina-sala de reposo en un área de cuatro por cuatro metros que había sido cocina y cuarto de lavado de un antiguo departamento inclinado en la colonia Roma. 

La de tener la certeza absoluta de que lo que algunos calificaban como una locura, podía ser realidad como lo había sido en otros años, en la época de los Mayo o los Casasola. 

La de engolosinarse con la posibilidad de hacer una fotografía de prensa que podía reinventarse –y ser irreverente, salir del pódium oficial y mandarse sola– sin depender de un medio que dictara límites y políticas editoriales. 

La de hacer llegar las imágenes tomadas en el día a diferentes rincones del país cuando no había medios de transmisión más veloces que… el darle las fotos a un desconocido que habría de abordar un vuelo y confiar en que el mensajero impro- visado las pasaría a las manos indicadas. 

Eso fue en un principio. La magia llena de aromas de químicos, de manos amarillas por el fijador, de revelados exprés y tendederos de negativos. Era la magia mayor: la de ver aparecer la imagen en una charola llena de dektol preparado y sentir la emoción de lo que se revelaba ante los ojos. 

Vendría una segunda gran etapa: la revolución digital. 

Los nuevos medios modificaron las formas, pero no el espíritu. Ya no hay cámaras análogas, rollos, negativos o diapositivas, pero de los pixeles surgen otras posibilidades de comunicar. Y la magia se hizo de nuevo: la de la inmediatez. 

De la oscuridad del laboratorio a las mil y una innovaciones que avasallaron con su velocidad la manera de hacer imagen, Cuartoscuro se renovó para consolidarse. 

Hoy, apostados en diversos puntos del país, fotógrafos, corresponsales y colaboradores están ahí para narrar el momento al momento. 

La agencia cumple 34 años. Han sido tres décadas no sólo de haber sido fundada en una fantasía enloquecida que se concretó en un proyecto sólido y dinámico, sino de un ejercicio que intenta –sólo eso: intenta– decir qué pasa. Nada más simple ni más absolutamente periodístico. 

Atrás quedaron las instalaciones prestadas y el laboratorio que dio origen a nuestro nombre.

Pero en los archivos aparece la historia del país: las conflictivas elecciones de Chihuahua, el levantamiento zapatista, la muerte de Fidel Velázquez, la masacre de Aguas Blancas, los estragos de huracanes como Dolly, Gilberto y Alex, la tragedia de Acteal, el dolor de Pasta de Conchos, la huelga estudiantil en la Unam, el paso por la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, de Ernesto Zedillo, de Vicente Fox, de Felipe Calderón, huelgas de hambre, manifestaciones al desnudo, las imágenes del sismo del 19 de septiembre de 2019, y más recientemente, el dolor que ha traído consigo la pandemia de coronavirus.

Pero también los conciertos masivos, la delicadeza de unos pasos de danza, el ir y venir de la vida cotidiana que se vuelve espejo de todos, los goles o el sudor en el juego… Se trata de un relato de la vida en todos sus ángulos. 

En su acervo pueden palparse sus primeras incursiones en los terrenos internacionales, como aquéllas que la convertirían en la primera agencia mexicana en cubrir eventos como la invasión de Estados Unidos a Panamá, las elecciones en la compleja Nicaragua, resquicios de una guerra intestina en El Salvador o conflictos políticos en Guatemala. 

Por sus tres sedes y a lo largo de más de tres décadas, por los muros y lentes de Cuartoscuro han pasado alrededor de cien fotógrafos. Imposible mencionar a todos aquellos que han surgido de esta especie de semillero. 

Pero tenemos la certeza de que cada uno aportó su manera de ver, una propuesta de descubrimiento, la convicción de que la imagen es una trinchera y que una mirada, por única que ésta sea, es un grano de luz que nos ayuda a comprender lo que nos rodea.  

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