Jorge Magariño y Víctor Fuentes

¿Quién oprimió el obturador a las 11:49 de la noche ese 7 de septiembre de 2017? ¿Quién caminó trastabillando durante esa eternidad en que la tierra entera se cimbró, las paredes se cuartearon, los techos se desplomaron, los perros aullaron incansables y el alma de los juchitecos salió volando para refugiarse en algún infinito donde nunca tiembla?

Pero no, no hubo tal rincón de Dios. El polvo reinó por quién sabe cuánto tiempo antes de que se pudieran ver los escombros, antes de escuchar quejidos lastimeros de los golpeados por alguna mano poderosa que movió violentamente nuestras ramas, antes de oír con pasmo el llanto por los muertos bajo tejas, ladrillos y maderos.

La gente no olvida el estruendo que venía por debajo de la tierra. No olvidamos el ruido terrible de los objetos caídos. No olvidamos las miradas y el gesto de pánico que vivió entre nosotros por muchos días, en Juchitán, en Xadani, Unión Hidalgo o Ixtaltepec.

Entre el dolor, entre los muros caídos, entre las casas desventradas, junto a las máquinas demoledoras y sus palas gigantes, los fotógrafos, acaso con el índice derecho temblando, disparaban, en un duro ejercicio por apresar la pesadilla que ahora trae la memoria junto a las imágenes de aquellos días. Memoria de luz que no olvida el tiempo del desastre.

Reunir a fotógrafos e imágenes para esta muestra conmemorativa es una verdadera respuesta que bien vale la pena apreciar. El 7 escogido por el sismo, es un asunto misterioso para evocarnos, las fotografías tienen ese mérito. Devolvernos la narrativa por las que fueron realizadas.

El año pasado, el maestro Víctor Castán fue director de Casa de Cultura de Tehuantepec. Junto con el fotógrafo Juan Cortázar, lanzó una convocatoria exprés para llevar a cabo esta exposición, la cual se expuso en gran formato en el Museo de Culturas Populares La nana Hemeroteca del estado bajo el nombre Guendarati “morir en Tehuantepec”.  Esta vez, a cargo de Gustavo Silva, una adaptación de la muestra, ahora llamada Memoria de Luz, se presenta en el Colectivo Tilcoatle, en La Crucecita, Bahías de Huatulco.

La muestra reúne la obra de los fotógrafos Claudia Daowz, Claudia Mendoza, Jacciel Morales, Luis Villalobos, Daniel Cabrera, Manuel de Mata, Fidel Cruz, Abel Martínez, Juan José Juárez, Alejandro Sibaja, Eduardo Lobo, Roberto Ríos, Francisco Reyna, Daniel Chicatti (ilustración digital), Fredy Bartolo, Juan Carballido, Carlos Solís, Luis Jiménez y Gustavo González Silva; además de poemas de poetas zapotecas.

Si el relato de la luz es entregarnos fragmentos evocadores, respondamos a dos años a este lenguaje poético, es una verdad cruda que se discursa con elementos de cada fotógrafo. La memoria retratada va más allá de lo que se mira, de ahí la imperiosa respuesta oportuna de estas.

Ellas, las fotografías dimensionan una realidad pintada de poesía, capaces de entablar hoy -a la distancia – (lo harán más que mejor) un dialogo infinito de todos los acontecimientos ocurridos a cada uno, a cada momento.

Las ilustraciones científicas tienen una suerte de arte e información, no es este justo el caso de las imágenes presentadas por los fotógrafos de esta muestra colectiva. Ellos imprimieron no solo la mirada para reivindicar el momento, el día después. Llevaron un registro particular que muestra cómo son, cómo se sentían, qué pensaban y qué podían hacer para alentar a todos. La respuesta esta hoy a la vista, -afortunadamente-.

Han expuesto una realidad que sigue latente, exponen la mezquindad de quienes gobiernan. La soez moral de constructoras y fundaciones, en el margen del caso.

Evidenciaron sus altanerías. Este relato no termina en la muestra fotográfica, está registrada también toda la memoria de un pueblo, que espera un justo trato. Venga de nuevo la importancia de estos registros. Dialoguemos con las imágenes, prestemos atención a que fue lo que motivo a estos fotógrafos a reunirse y mostrar esta memoria de luz, quizás para empezar podemos buscar partir de una sola imagen, bajo que primicia intento plasmar para siempre lo que tanto nos cimbró.

Hay en toda la muestra una inquietud que no debe perderse, la preocupación por este atisbo al arte, a mirarnos de nueva cuenta, a sentirnos privilegiados de poder leernos, y seguir las huellas de nuestra propia memora de luz.

En este caso, la fotografía nos lleva de la mano, nos pone al alcance nuevas sensaciones que ni siquiera hubiésemos imaginado experimentar, dejemos nuestras cargas simbólicas y sin prejuicio disertemos en nombre de lo ocurrido. La fotografía es poesía del acontecimiento. En tanto ocurre, o solo es la pasión a lo inmediato. En suma, podemos afirmar que sin la poesía no habría fotografía capaz de decirnos algo. De nosotros mismos.

La exposición estará abierta hasta el 7 de octubre.

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