Por Carolina Romero

A través de las fotos de Gabriel Tizón, las voces de miles de refugiados alrededor del mundo gritan las historias que los obligaron a dejar su tierra, las injusticias de la guerra, las vejaciones a sus derechos, la incertidumbre de no tener un hogar al cual volver, el dolor del hambre, las enfermedades y la marginación.

Gabriel se inició en la fotografía por cosa de suerte. A sus 16 años, uno de sus amigos le enseñó a revelar en el cuarto oscuro y, sin darse cuenta, se enganchó con la magia que envuelve al mundo de los hacedores de imágenes.

Fue en África donde se dio el primer encuentro entre el fotógrafo gallego y los refugiados saharauis en Argelia, entonces Gabriel sintió algo: una especie de empatía que, al compenetrarse con su cámara, ha guiado los disparos de aquel artefacto con el que Gabriel busca retratar las miradas, las manos o cualquier detalle que lo ayude a comunicar lo que sus ojos pueden ver.

“Yo me considero un fotógrafo cotidiano, mi guión son las personas. Fue gracias a la fotografía que me comprometí con los demás”, comenta.

A partir de entonces, ya sea en África o Europa, Gabriel se ha encontrado una y otra vez frente a los rostros de quienes viven una situación que el fotógrafo, a pesar de capturarla, nunca podrá entender.

Para él, “un fotógrafo no debe depender de dónde está, sino de cómo ve”.

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