Por Aarón Cadena

El peyote es el medio más importante para trascender el
mundo profano y la manifestación material más obvia de lo sagrado.
Wixáritari

Sentir la noche en medio del desierto, en medio de la nada; ver las estrellas, navegar a través de las ramas, los encinos erguidos, utilizados como palancas que sostienen a los aventureros, salvándolos de no caer por la pendiente, por el desfiladero de la razón.

Escuchar al viento, dialogar con él, mascar las hojas secas y crear música con su sonido. El desierto abraza a todos los visitantes: wixárica–mestizo–extranjero, no importa tu índole, tu raza, tu creencia, el desierto une y resquebraja todos estos conceptos, no importan, somos uno más, unos muchos, el Yo más el Otro conformando el nosotros, natura más cultura, uno tras otro, de manera horizontal, desde el principio.

La luz desprendiéndose de la linterna, brotando del fuego, de todos para todos, conforta, alimenta, ilumina el camino, procura no desviar.

Peregrino milenario o posmoderno, tradición trascendental o fruto de la globalización, los juicios de valor no caben, lo importante es el respeto, la ética del individuo: diferente y estridente, hippie o neo hippie, rastafari o judío, ambientalista new age, neopagano, consumidor asiduo.

La idea clásica del peregrino se ve transformada por el tiempo, tribal y occidental, la idea del Otro, de los Otros… Peregrinos al fin y al cabo en búsqueda de aventura, de alguna deidad, del encuentro con el Otro, de vivir el desierto y experimentar con el peyote, con el híkuri, comerlo y vomitarlo, tal vez el sabor no cabe, no cae, pero la mezcalina invade hasta llegar al cerebro, entonces todo se reinterpreta, cambia, se explaya el nahual interno, reluce, se exhibe.

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