Por Martha Patricia Montero

Un rumor sordo fue creciendo desde lo visibles. Perdieron la vida 100 personas y miles de profundo de las placas terrestres, hasta estallar en un grito de magnitud 8.2. Eran las 11h 49min 18s de la noche del jueves 7 de septiembre y los pobladores de la costera Pijijiapan apenas alcanzaron a salir de sus casas, para reconocer en los rostros vecinos el mismo temor que los había azuzado. Casi enseguida, la sacudida dañaba la región istmeña de Oaxaca, otros poblados costeros de Chiapas, Tabasco y Veracruz, dejándose sentir incluso en la Ciudad de México.

Después de ese primer rugido, en esa misma noche las miradas fueron reconociendo las graves afectaciones, que con la luz del sol se harían más familias registraron daños parciales o totales en sus hogares y centros de trabajo. Por la severidad de las afectaciones en el municipio oaxaqueño de Juchitán de Zaragoza, la Presidencia de la República declaró tres días de luto nacional, mientras que el ejército, la Coordinación Nacional de Protección Civil y el Fondo Nacional de Desastres activaban protocolos de emergencia.

Las imágenes de la devastación se sucedían y, nuevamente, esa sensación de impotencia ante la fuerza de la naturaleza recorría la médula de víctimas y testigos. Los lamentos podían escucharse en español, tzotzil, zapoteco… el dolor ante las pérdidas era el mismo. Pronto, en todo el territorio y allende las fronteras se instalaron centros de acopio y la ayuda comenzó a huir con celeridad hacia los puntos que permanecían en carne viva. En Oaxaca, el hijo pródigo sembrador de espacios culturales y artista, Francisco Toledo, asumió la tarea de apoyar a sus coterráneos desde el primer instante. Además de difundir una cuenta bancaria para recibir donativos, cuyo uso ha transparentado periódicamente, activó una serie de cocinas comunitarias en la región dañada y comenzó a promover que el rescate de los inmuebles se diera con base en la tradición y no con patrones propuestos por los desarrolladores.

Mostrando la fuerza cultural que emana ese estado, otros artistas se fueron sumando, como la propia hija de Toledo, Natalia, poeta que, junto con el artista plástico Demián Flores, el cantautor zapoteco Feliciano Carrasco y el poeta veracruzano Mardonio Carballo, hicieron llamados desde el Zócalo de la Ciudad de México, donde se celebraba la Feria de las Culturas Indígenas, para llamar a la población a ayudar, porque como decía Natalia: “Hay mucha gente en la desesperación porque la desgracia fue muy grande. Juchitán desapareció”.

Los gobiernos de los otros estados afectados hacían lo suyo, sumando donativos en especie para hacer llegar a sus propias comunidades. Era un mes sensible, marcado desde 1985 por un sismo de 8.1 grados, una de las más graves tragedias que han tenido lugar en la capital del país, cuando la falta de una reglamentación adecuada y una estrategia pertinente para responder al acontecimiento dejó en manos de la sociedad civil —término acuñado por Carlos Monsiváis— la carga de las acciones. Hecho que, aunque fracturó la urbe, se convirtió en historia; el transcurrir de 32 años había distanciado a las nuevas generaciones de ese impacto.

Ahora se esperaba el simulacro obligado para el 19 de septiembre con otro talante. El rostro de la ciudad estaba transformándose nuevamente, pero en este caso por la gentrificación y por una efervescencia inmobiliaria que proponía reutilizar el suelo para crecer hacia arriba. Las grandes casonas de las colonias emblemáticas —Roma, Condesa, Juárez, Narvarte, Nápoles, Del Valle…— se compraban a los antiguos dueños, con economías desgastadas para mantenerlas, como terrenos listos para edificios de departamentos u oficinas. Una nueva forma de habitar se imponía y la arteria que había testificado los tiempos de Don Porfirio, ahora veía empequeñecer las residencias francesas para dar paso a torres de diseño.

En esa sensación de confort millenial muchos se mantenían atentos al Istmo, enterándose que, para reconstruir, primero había que derribar lo que ya no tenía remedio. Era el caso del Centro Escolar Juchitán, que llegaba a los 79 años de edad con heridas imposibles de reparar. Elementos del ejército utilizaban maquinaria para demolerlo. Los juchitecos agrupados alrededor desgranaban, casi inconscientemente, historias de sus travesuras de niños, mientras grupos de maestros veían desaparecer su fuente de trabajo y añadían a sus preocupaciones una angustia más.

El #TodosConOaxaca se popularizaba, mientras poblaciones de los municipios chiapanecos Arriaga, Tonalá y Pijijiapan, los más cercanos al epicentro, se destinaban al olvido. Hasta para brindar ayuda las diferencias sobresalían.

Como parte de sus preparativos anuales, Protección Civil daba a conocer los pormenores para el mega simulacro del martes 19, con una instrucción nueva: en solidaridad con las poblaciones afectadas por el sismo del día 7 y para no generar alarma entre sus habitantes, la alerta sísmica no sonaría en los Estados de México, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Puebla donde, además, seguían registrándose réplicas. Con el lema #PrevenirEsVivir se promovían y es que indicaban qué hacer antes, durante y después de un probable sismo. No correr, no gritar, no empujar se pueden seguir cuando la vida personal no está en riesgo; incluso se puede optar por hacer caso omiso a la señal y seguir frente a la computadora, trabajando. Total, no es algo real.

La Tierra no estaba de acuerdo. Apenas dejó que todos regresaran a sus lugares cuando emitió un nuevo rugido de 7.1 grados cerca de Axochiapan, en los límites entre Puebla y Morelos. Eras las 13h 14min 40s y nada volvería a ser igual. Esta vez, la lista de las entidades alcanzadas por la onda sísmica era más larga: Ciudad de México, Morelos, Puebla, Estado de México, Guerrero, Oaxaca —nuevamente Oaxaca—, Veracruz, Tlaxcala, Michoacán e Hidalgo. La caída de las señales telefónicas encontró a todos en la calle, asustados, nerviosos y dispuestos a caminar lo necesario (el transporte y las vialidades eran sinónimo de caos), para llegar a veri car que sus familiares y patrimonios estuvieran bien. No todos corrieron con esa suerte; hubo esquinas que cambiaron para siempre, vidas que perecieron y bienes que desaparecerían sin remedio.

Por el centralismo y la densidad poblacional, la capital mexicana absorbió la primera atención mediática, sin alcanzar a medir la dimensión y profundidad del daño local y nacional. En paralelo, una fuerza especial comenzó a destacar casi al unísono de la devastación: se enlistaban los inmuebles caídos y se solicitaban apoyos específicos para las numerosas brigadas de voluntarios que ya no se moverían de los sitios siniestrados, hasta tener la certeza de que todo ser vivo bajo los escombros fuera rescatado. Pronto aprenderían nuevos gestos, como el puño en alto para exigir ¡Silencio! Los actos desprendidos tam­bién se hacían sentir en las redes sociales, que bullían entre el asombro, la solidaridad y los avisos que como velas blancas en altamar rezaban: #EstoyBien.

El dueño de la Ferretería Materiales del Parque, ubicada a unos pasos de Álvaro Obregón 286 y de la esquina de Ámsterdam y Ladero, dos puntos que habían colapsado, les decía a los espontáneos que corrían a levantar cascajo: Tomen todo lo que tengo. Y junto con picos, palas, cubre bocas, entregaba el corazón, lo mismo que cientos de personas cuyo anonimato ahora duele, porque habría que formar- se para abrazar a cada uno y agradecerles esa #FuerzaMéxico que encarnaron tan prodigiosamente, rescatando al país de una desesperanza que cimbra- ba de tiempo atrás.

Los centros de acopio, los negocios y los voluntarios que hacían lo propio para alimentar, hospedar, escuchar, atender… se multiplicaban al ritmo de las apremiantes necesidades, de poblaciones que a la marginación ahora sumaban la destrucción: Jojutla, Tetela del Volcán, Ocuituco, Tepalcingo, Yecapixtla y muchos más, en Morelos; Tizayuca, Mixquiahuala, Mineral de la Reforma y otros, en Hidalgo; Malinalco, Ocuilan, Tenancingo, Tonatico, Eca ingo, Zumpahuacán y otros más en el Estado de México; Alcozauca, Copalillo, Cualác, Pilcaya, Taxco, Huiuco, Olinalá y muchos más en Guerrero; A ala, Jolalpan, Piaxtla, Tehuipingo, Atlixco, Chiauxingo y muchos más en Puebla; San Mateo del Mar, Cosoltepec, Calihualá, San Andrés Laguna, Tlacotepec Plumas, Asunción, Zapotitlán Lagunas y muchísimos más en Oaxaca; y once de las 16 de- legaciones de la Ciudad de México, con casos devastadores, como el Colegio Rébsamen, la comunidad de San Gregorio Xochimilco, el Multifamiliar Tlalpan, así como edificios de departamentos de reciente factura, que demostraban que, en México, después de los sismos de esta magnitud los otros terremotos que merman y se llevan vidas humanas tienen su epicentro en la corrupción y la impunidad.

Un reto para los responsables del patrimonio histórico cultural lo constituyen los conventos de Morelos, Guerrero y Puebla, cuyas paredes, torres y altares se resquebrajaron. En este interés, diversos grupos de arquitectos han generado propuestas, en especial iniciativas para rescatar y no tirar.

Por otro lado, trascendiendo los dichos racistas de Donald Trump hacia México, cerca de 450 voluntarios de 13 países se sumaron a la tarea de rescate y ayuda, para conmoverse en el proceso y regresar, como dijera Toshihide Kawasaki, líder del equipo japonés, con cuates para toda la vida. No fueron los únicos que dejaron huella en los mexicanos: tras encontrar a una mamá y su hija ya fallecidas, el soldado Moctezuma Luis Hernández se soltó a llorar con el cuerpo quebrado, mientras varios hombres lo sostenían y sin saberlo encontraba la empatía de miles de compatriotas; mientras los perros de rescate de la Marina, Frida, Eco y Evil, se ganaron reconocimiento y corazones.

Las geografías tocadas por los sismos del 7 y el 19 de septiembre tienen heridas abiertas. Los planes de reconstrucción no se terminan de per lar por parte del Gobierno y numerosas familias permanecen en las calles, observando desde lejos como su patrimonio se hizo polvo o como permanece dentro de estructuras a las que les está prohibió ingresar, por su fragilidad. La poca confianza que aún se le tenía al gobierno se fue por una de las grietas más profundas, porque la mayoría se pregunta dónde están los donativos económicos que llegaron de todo el mun- do, mientras como apoyo les ofrecen créditos para endeudarse. Más allá de los aprendizajes individua- les y como sociedad civil revitalizada —los actos para reunir fondos o donativos en especie continúan dándose— hay que atender las cintas amarillas en las calles, cuyo mensaje se mantiene fresco para todos, en más de un sentido: Precaución.

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