“Y si este es el final
encontraremos la belleza,
quizás en realidad
ahora es cuando todo empieza…”
(Antes que el mundo se acabe – Residente)

Por Galo Cañas

Estimado (a) lector (a):

El 2020 fue el año de la distancia social. Lo que le tomó a las sociedades siglos de estructura, coerción y consenso respecto a lo que debía ser la convivencia socialmente aceptada tardó menos de un año, 10 meses, en derrumbarse.

De pronto, todos nos veíamos esquivando saludos, besos, a metro y medio de distancia. Sólo aquellos que no tenían miedo o lo veían muy lejano se acercaban lo suficiente.

La siguiente selección no debería llamarse “Las Mejores del 2020”, pues no hay nada de mejor en ellas. Son el reflejo de un año que pasará a la historia lleno de ausencias, dolor, miedo e incertidumbre, donde pareciera que lo único que queda de la “vieja normalidad” es la, casi siempre, puntual mañanera del Presidente.

Sin embargo, en Cuartoscuro creemos en la capacidad de las fotografías para
concientizar e inspirar a crear futuros escenarios mejores.

Por ello, presentamos la semblanza de este año desde los ojos de las y los fotógrafos que integran la agencia. Es un salto entre caravanas migrantes, feminicidios, asesinatos de activistas, rifa de un avión sin avión y un recuerdo para la posteridad de la era del Covid-19.

El año de la Canción Sin Miedo, el himno que convocó y unió la voz de millones de mujeres para exigir justicia por Ingrid Escamilla, Fátima Cecilia, Jessica González, Bianca Alejandrina y por los otros 855 casos de asesinatos a mujeres registrados de enero a noviembre del 2020, así como por los ocurridos a lo largo de los años. Una segunda epidemia, aún más larga que la del coronavirus.

Un año de una relatividad absoluta, donde un puente largo se convirtió en meses de cuarentena y donde el color del famoso semáforo epidemiológico dependía de los ojos con que se mirase. A veces, rojo, a veces verde, a ratos naranja y a ratos sin semáforo. Y aun así, no pasaron más que 10 meses. Borges no mentía cuando habló del tiempo y que para que un móvil llegará a la mitad de la mesa primero tenía que llegar a la mitad, pero antes a la mitad de la mitad y, antes, a la mitad de la mitad de la mitad. Quizás ya hemos llegado, pero quizás no.

Nos vimos obligados a regresar a nuestras casas, a no sentirnos seguros con las muestras de afecto así nuestra familia y a vivir siempre con las preguntas: “¿Y si los contagio?”, “¿qué voy a hacer si me enfermo?”, “¿seré asintomático?”. Añoramos tanto volver afuera que, poco a poco, se fue borrando esa delgada frontera de responsabilidad.

Endurecimos el panóptico de Foucalt, nos volvimos policías de la buena cuarentena,
sin querer comprender los contextos diferentes. Triunfó el ideal individualista del
capitalismo, se nos olvidó que lo que le pasa a uno nos afecta a todos. Sin embargo, el
virus recorre Europa… América, Asia… no conoce de clases sociales o de géneros, pero hacemevidente las desigualdades y precariedades de las sociedades.

Las urbes se volvieron cascarones vacíos, frases como: “Cuando esto termine” se
volvieron motor de esperanzas y promesas futuras, sueños de que al otro día
despertaríamos y la pandemia habría acabado. El golpe de realidad ha sido duro,
pues todo hemos experimentado la muerte de cerca y lo único que es seguro es que
cuando todo esto termine, no volveremos a ser los mismos.

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