Por Rebeca Monroy Nasr

Veo y reveo las páginas de este libro rojo de Pedro Valtierra –Nicaragua, la Revolución Sandinista. Una crónica fotográfica–, veo y reveo para poder saber cuál de todas las imágenes impacta más, ¿las icónicas, las desconocidas?, ¿cuál es la mejor de todas…? Pienso en esos años en que el joven Pedro, con apenas unos 23 años, se lanzó a una guerra intestina, terrible, de la cual estábamos más que pendientes de sus resultados. Era una lucha contra la dictadura de los Somoza, que había comenzado a fines de los años 50 del siglo pasado, aunque se intensificó hacia 1978. En marzo de 1979 se firmó el acuerdo de unidad por parte de los representantes de las fracciones sandinistas y, con ello, se decidió impulsar la lucha. Es en junio cuando se hizo el llamamiento a la Ofensiva Final, a la huelga general, y el 19 de julio de 1979 las columnas guerrilleras del FSLN entraron en Managua, consumando la derrota del tirano Anastasio Somoza Debayle, con un gran apoyo popular nacional e internacional.

Son esos días los que cubrió Pedro Valtierra con sus cámaras de 35 mm, moviéndose por doquier buscando entre las ventanas rotas, los zapatos abandonados, la tierra apisonada, las mujeres y niños cubriéndose, los espacios de poder, la avanzada del Frente Sandinista de Liberación Nacional, los retrocesos de la milicia. Todo ello, de todo ello, ¿cuál es la mejor fotografía?

Abre este libro un magnífico ensayo del político y periodista nicaragüense Sergio Ramírez, y lo leo para ver si me da pistas para ver cuál es la mejor. Al leer y releer los renglones de quien estuviese adentro, cercano, capaz de ver las atrocidades, de ver los avances, de seguir el sendero que no era fácil de ver, escucho sus palabras y veo cómo interpreta algunas imágenes: la del sacerdote de sotana blanca que camina por la calle en medio de la gran pobreza en la que tenían los Somoza hundidos a su gente, a la población, mientras ellos nadaban en riquezas. Tan injustas las vidas, tan incomprensible que los dictadores sean incapaces de ver el malestar generalizado, el dolor que causan, la tristeza y la desolación en la que queda el pueblo. Eso es lo que veo en las fotos de Pedro Valtierra, me dan cuenta de ello una a una, me dice, me habla de la condición miserable, inhumana, en la que se encontraban. El camino recorrido de la revolución sandinista no tuvo mayor oportunidad. Es por ello qué las negociaciones políticas son tan importantes; ahí, como en muchos otros lados, no existían; ahí, como en muchos otros pueblos latinoamericanos, se extinguieron en función de negarlas, hundirlas, olvidarlas. Los resultados están a la vista con las imágenes de Valtierra, pero ¿cuál es la que más resalta?

Nuestras preocupaciones de entonces eran las de ganar; ya estaba Cuba en un camino posible, deseábamos que otros pueblos más lo lograran. En ese intento estábamos cuando conocí a Pedro en aquellos años, realmente en la búsqueda de encontrar soluciones visuales a problemas políticos y sociales.  Los que no fuimos a la guerra jamás imaginábamos lo doloroso, lo terrible del olor de las balas, del olor de los heridos y los muertos, que también apestan, así como las dictaduras y las dictablandas. 

Cuando lo conocí en 1978 no imaginé que Pedro fuese a vivir esta guerra infame, que las balas lo iban a rodear, que otros reporteros serían asesinados en su presencia; ahí la foto de Bill Stewart que tiene Pedro, la que hace mover más la conciencia de la muerte, de lo poco seguro que era ser periodista, fotorreportero, que el respeto a ellos sucumbía con las milicias, esos militares que, como señala Valtierra, le decían: “Hasta aquí llegaste, mexicanito”. 

Cuando lo conocí no sabíamos en ese momento los caminos que nos reunían también nos separaban, que seguiríamos un sendero cada uno por su lado, consiguiendo diferentes soluciones. Increíble. Yo le di mi foto tamaño infantil para mi credencial para un un grupo independiente de fotógrafos; luego supe que mi camino sería la lectura de la imagen mientras Pedro Valtierra iba y venía por el mundo: recogiendo fotografías, captando retratos sublimes en Guatemala, en El Salvador, en Medio Oriente, en tantos lugares, que lo llevarían a ganar sendos premios en México, España, el mundo, y se convertiría en uno de los personajes más notables de la fotografía mexicana, del –llamado por John Mraz–  nuevo fotoperiodismo mexicano, hoy todo un honoris causa.  

Regreso a Sergio Ramírez, testigo y partícipe sandinista de esas batallas pues su mirada en torno a Pedro Valtierra como: “el ojo que ve y que siente”, lo nota y describe por la ruta que siguió para llegar a lo que es ahora el fotógrafo, desde su natal Zacatecas, desde su deseo de salir adelante, desde su capacidad de innovación y renovación que: “entró con su cámara en el paisaje de guerra de Nicaragua”. La reflexión de Ramírez, es profunda y clara, comprende al empático Pedro que tenía la misma edad que muchos de los militantes del FSLN, que capta las imágenes desde una perspectiva histórica, que presenta nuevas forma de hacer el relato y la crónica de la guerra. Ahí, la mirada de Ramírez penetra en su imaginario y describe cómo fueron los días y sus noches, la dureza de las batallas, los encuentros con los enfermos, la desolación, que captó Valtierra y que reveló en un cuarto de hotel. A la vuelta de los años, nos dice, se enfrenta de nuevo su población a una nueva revolución, esta vez sin armas, que requiere ese pueblo de nuevo para enfrentar: “una vez más, a otra dictadura familiar”. 

Y aquí me detengo a mirar las fotos: me duelen las de los hermanos heridos, una icónica que deja ver a Susan Meiselas al fondo, veo la que le sigue y sé que me gusta más la icónica, ¡claro!, pero la otra me habla de desacuerdos entre ellos, no sólo de consuelos sino de un rostro de incertidumbre ante el otro de enojo o dolor. Increíble cómo un instante antes o después muta la imagen. Al verlas me imagino la presencia en ese gimnasio habilitado como hospital. Sigo viendo… noto la del fusil que lo apunta directo a la cara, a la cámara que todo lo cubre, que todo revela muestra; el contexto está fuera de foco, excepto el cañón certero que enfoca a Valtierra –fue él quien ganó en el tiro, el disparo–, es una foto increíble. 

Sigo leyendo sus imágenes, porque con él no sólo es verlas, es analizarlas, observarlas, estudiarlas para ver cómo las armó, las forjó, porque me parece que son el semillero de lo que vendría después, en ese momento sus fotos en el unomásuno y, tiempo después, a toda plana en La Jornada. Después estuvo la puesta de la Agencia Imagenlatina, la presencia en el medio con la revista Cuartoscuro, que dirige de manera sistemática Ana Luisa Anza; todo ello es lo que seguiría, pero en estas imágenes algunas no tan conocidas, me dan el referente claro de su formación y crecimiento intenso en esa guerra que lo llevó a perfeccionar su técnica ante la necesidad de ser brutalmente claro y definido, de ser informativo y concientizador. Ésa era la parte medular del trabajo. 

Pedro Valtierra habla, escribe en el segundo texto del libro que Grijalbo publicó, y nos cuenta que iba armado con tres cámaras: “40 años de Nicaragua” es el texto que hace a manera de introducción. Me hace un gran sentido, porque es como si platicara con el buen Pedro, tomándonos un café, escuchando su decir, su saber, su “pienso”, eso es lo que vale de este texto, pues es Pedro con sus miedos, sus tormentos, sus capacidades múltiples. Como es él, franco, claro, sin tapujos, por eso me gustan los zacatecanos; así son, nítidos, claridosos, y lo escucho en su texto. Me gusta cómo narra lo de tener que llevar 20 o 30 rollos, además de dos cargas de 100 pies de película en blanco y negro, pues era la usanza de la época: así ahorrábamos material y teníamos muchos más rollos a la mano. Me gusta escuchar cómo instalaba el cuarto oscuro en el baño del hotel, las vicisitudes de revelar e imprimir, de no gastar rollos de más, de no desperdiciar y tener que mandar el material de manera urgente y rupestre. Me gusta porque los jóvenes escucharán y leerán la voz de lo que no saben ni entienden ni sufren, pues ahora las redes lo facilitan con  la instantaneidad de información visual, con los celulares y los demás aditamentos cibernéticos, que no permiten entender las dificultades que enfrentaban estos fotorreporteros de guerra. 

Me encanta escuchar que llevaba tres cámaras con un lente normal, un gran angular y una cámara Leica, de las ligeras maniobrables. Es pues, un testimonio muy rico, no es la entrevista de un investigador, filósofo o y estudioso, es justo su voz, que proclama las contiendas, el miedo a morir, el miedo a no salir, a no regresar, a ser encarcelado, a perder. Me sigo fijando en las fotos: los retratos de los milicianos, el que le sonríe, el que lo golpea, el que lo azuza con el rifle, el que se para en el camino a escribir una carta. Todo lo fotografió. En momentos duros y tensos, disparaba su cámara, es lo que hace a un verdadero fotoperiodista. No se detiene; primero dispara, luego se cubre. Ahí la cámara me dice cuál es la que más te gusta: me encanta el retrato de Ernesto Cardenal, admirado por su postura, por su capacidad poética, por su lucha con la Teología de la Liberación, me gusta verlo en una misa casi pagana, rodeado de los suyos. 

Me sigue fascinando “Idalia”. Me pregunto: ¿qué será de ella, la saben, la han visto? Me conmueven los niños jugueteando, las madres protegiendo, Ricardo Rocha en medio del desastre, delgado, flaco, en camisa y pantalón acampanado, antes de ser todo un señorón de las noticias en Televisa. Me fascina el retrato de Avilés, tan joven, tan guapo, tan inteligente, como era él, debo decir que lo extraño, es una de esas ausencias que todavía duelen. 

Me gusta la población. La señora de los pericos, la del sombrero que apoya a Somoza –porque tuvo su apoyo en las clases medias y bajas– ello sorprende; también están las que saquearon las tiendas. Me conmueve el hombre con su niño en contrasentido de la milicia, ahí antes de que cayera Somoza; también la del niño que juega con el fotógrafo en el acto de dispararle con una pistola de juguete, puede ser aterrorizante en ese contexto, pero para Pedro fue un juego. Me mueven todos ellos. Me encantan ver las fotos de los ejercicios de los guerrilleros, me gusta verlos fuertes, potentes armas en mano, también lavando su ropa, tendiendo al sol; me gusta que hacen labores “no propias de su sexo”, me gusta verlos confiados y altivos. 

Sigo escuchando la voz de Pedro Valtierra narrar el momento en que se iba Somoza y su encuentro con los guerrilleros, en las calles festejando, destruyendo el retrato del dictador –¿dónde lo he visto?; me complace ver las fotos de ellos en los baños y el gimnasio de Somoza, pero mucho más su fuerza y su energía ante el triunfo aquel 19 de julio de 1979. 

Es imperioso saberlo, ¿a qué sabe el triunfo? Ahí la alegría desbordante se dibuja, se presenta y se hace realidad. Ahí, el “patria o muerte” cobró sentido, ahí las multitudes congregadas, el miedo contenido, el gozo exaltado se hace presente. Es ahí en donde puedo decir que se condensa la imagen, se fragua para dar paso al relato claro del triunfo.  Me conmueve ver el tanque en la Plaza de la Revolución, cobra forma “Araceli” quien fuese una joven mujer de la Ibero que salió a militar con los sandinistas, estuvo de pie con ellos durante meses, dejó atrás sus lujos y comodidades. Ahí se enfrentó a un traidor, quien un día antes del triunfo delató al grupo y los asesinaron. En su honor su nombre se le puso a la tanqueta, ahí estuvo ella presente en ausencia, pues por un día, habría ganado esa guerra que tanto peleó. La historia la narra Emma Yanes de manera magistral. Esa es otra de las imágenes que me conmueven y mueven hasta las lágrimas. 

Ahí está Pedro Valtierra para recordarnos lo que ha sido con sus magníficas fotos, y, perdón que lo diga, no puedo saber cuál es mi favorita o cuál es la mejor, pues todas forman un conjunto, la crónica justa de una guerra injusta, en el momento más culminante e importante de ésta, en su flagrante triunfo. Todas son parte del todo, todas son sustanciales y narran la historia. Porque este libro justo viene a tiempo para recordar que no podemos olvidar, que no podemos repetir, que hay que evitar los regresos cíclicos, que no es posible de nuevo vivir una guerra fratricida. Resolverlo es un camino sin regreso, negociarlo, aprender de lo cruel de los días, de las ráfagas de ausencia; para ello la fotografía de Pedro Valtierra está más presente que nunca, más eficaz, más clara y translúcida para hacernos saber por dónde no debemos caminar.  Es un memorándum ante la muerte, para una vida mejor, en la incansable búsqueda de la justicia social, la equidad política y la tan anhelada paz. 

*Texto de la presentación del Ramírez, Sergio y Pedro Valtierra, Pedro Valtierra. Nicaragua, la Revolución Sandinista. Una crónica fotográfica, México, Grijalbo, 2019, 149 pp. 

 

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