Por Pedro Anza

Miles de años atrás, probablemente decenas de miles o quizá en este mismo instante, el adivino ciego Tiresias advierte a la ninfa Liríope, quien ha concebido a un niño llamado Narciso, después de haber sido forzada por el dios-río Cefiso, que su hijo tendrá una vida longeva y vigorosa siempre y cuando éste no se contemple a sí mismo. 

Narciso tiene una belleza extraordinaria que enamora a hombres y mujeres, ninfas, diosas y mortales, pero él, embebido de sí mismo, suele desairar sus cumplidos y peticiones; un día, descansando a la orilla de un lago, el joven se asoma a éste y mira en él su reflejo, queda encandilado ante su imagen y la belleza que de ella emana. Su imagen es su perdición, se aferra a ella, batalla por asirla, por abrazarla y, aunque muy rápidamente se da cuenta de que no puede alcanzarla, no desiste de ese intento que lo drena y lo vacía de fluidos. 

Obseso de su imagen, desesperado, tira lágrimas al estanque que se deforma angustiándolo aún más, ¿dónde está su bella figura?, no queda de ella sino una masa amorfa, redobla su esfuerzo insensato confundiendo lo real con lo transitorio, como si lo que el agua le reflejara fuera su alma y no su forma impermanente. Ya sin fuerzas ni ápice de templanza, Narciso se arroja al estanque y muere en el agua, de donde surgió. 

No muy lejos del lago donde Narciso se contempla, en Roma, Italia, la fotógrafa italo-mexicana Cinzia Naticchioni Rojas contempla su imagen nacer y morir frente a ella misma, pero a ella en cambio, esto la fascina. 

Está asomada a un cubo de hielo en donde las sales de hierro hacen emanar su propio rostro en azul turquesa, el tiempo y la temperatura lo sostienen por unos minutos ante sus ojos, pero tras apenas algunos pestañeos, con el deshielo, su rostro naciente comienza a deshacerse, va volviéndose una mancha amorfa cada vez más azul, improbable sugerencia de facciones concretas, hasta desaparecer por completo en el agua de donde, como nuestro antihéroe, surgió. 

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