Estrías de la ciudad

Por Humberto Mussachio

El 19 de septiembre de 1985 empezó como un día cualquiera. Antes de las siete, en el modesto departamento de la colonia Obrera, frente a la confluencia de Isabel la Católica, Diagonal 20 de Noviembre y Lucas Alamán, una abuela consentidora celebraba las ocurrencias del nieto que pasaba con ella las mañanas. A las siete horas con 19 minutos, el niño percibió un extraño movimiento. Creyó que la abuela, siempre afanosa en distraerlo, había ideado algún juego que consistía en mantenerse de pie sobre un piso que se mecía. Pero ella, desde luego, no jugaba. Oía sin prestar atención a la pantalla de su televisor, que trasmitía por el canal 2 su primer noticiero.

En ese momento la locutora, Lourdes Guerrero, mientras se levantaba de su asiento, con voz nerviosa dijo dos veces: “Está temblando”. En un instante cesó la transmisión y la abuela despertó apresuradamente al resto de la familia: su marido y tres hijos adultos. Todos, en medio del inevitable temor, hicieron lo acostumbrado en estos casos: ponerse de pie y alejarse de las ventanas y de los muebles altos e inestables mientras aguantaban el bamboleo bajo el quicio de una puerta. Capitalinos más o menos habituados a los temblores acataron las disposiciones de la experiencia y, como en otras ocasiones, trataron de envolver su miedocon bromas sobre el vaivén, las que al prolongarse el movimiento se fueron transformando en órdenes y reclamaciones que caóticamente se daban unos a otros: “Agarra al niño”. “No prendas la luz”. “Cuidado con ese espejo”…

Esta vez se hablaban a gritos y, sin embargo, no se oían. A los crujidos del edificio en que se encontraban se unía el estruendo de muebles y cuadros que chocaban, vidrios rotos, rechinidos, ayes y oraciones que provenían de las casas vecinas, todo con el fondo de ruidos irreconocibles, graves, profundos, tonos bajos seguramente entonados por los escombros que caían en los alrededores.

Cuando terminó la agitación del suelo todos permanecieron mudos. Había sido el sismo más prolongado que recordaban. “Esto”, dijo la abuela, “fue mucho peor que el temblor de 1957”. Como queriendo cobrar conciencia de lo sucedido se acercaron a la ventana y ante ellos se levantó una enorme nube de polvo que impedía toda visibilidad más allá de 20 o 25 metros. El teléfono empezó a sonar y mientras la mujer lo contestaba, sus hijos se vistieron apresuradamente para salir.

Los muchachos bajaron a la calle y lo primero que vieron fue, en Isabel la Católica, el muro porfiriano de la esquina, la bodega de El Palacio de Hierro, reducido a la mitad de su altura por el desplome de los anaqueles del interior. Bajo un sol opacado por el polvo y entre gente desconcertada que caminaba sin hablar, fueron hacia la Diagonal 20 de Noviembre. En la esquina de esta avenida y Bolívar, un edificio de diez pisos había perdido dos o tres plantas. Volvieron la vista hacia el norte y descifraron las estrías negras de la esquina: eran grietas que habían desplazado el pavimento, en algunas partes con todo y los rieles por donde alguna vez circularon tranvías. En otros tramos, las hendiduras simplemente partieron las barras de metal.

Al levantar los ojos se les presentó un paisaje urbano desconocido, rudamente alterado. Hacia Fray Servando faltaban algunos edificios; otros, con los pisos superiores desvanecidos sobre el resto de la estructura, estaban cubiertos por penachos de fierros retorcidos, cemento y un impúdico caos de patas de escritorio, brazos de sillas y trapos que alguna vez fueron cortinas y que ahora, agitadas por el aire, eran las tristes banderas de la catástrofe.

En la perspectiva de Diagonal 20 de Noviembre faltaba algo. Los muchachos se miraron como preguntándose. Al fondo se veían las torres de decenas de pisos del Conjunto Pino Suárez, pero ya no eran tres sino dos, pues la otra, caída de costado en el momento del terremoto, había desaparecido de la vista. Mucho más cerca, apenas a media cuadra, el edificio de la Secretaría de Protección y Vialidad, antes Policía y Tránsito, se había hundido como metro y medio.

A la izquierda, en Lucas Alamán, lo que había sido bodega de una fábrica de dulces, La Giralda, era un perfecto amontonamiento de losas de concreto sobre sacos de azúcar, sin paredes ni columnas. Desde ahí salía una grieta que llegaba hasta la también derruida bodega de El Palacio de Hierro.

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