Alberto del Castillo Troncoso[1]

Isidro Fabela y Gustavo Espinoza Mireles, Ciudad de México, 1914 © F.L. Clark/Casa de la Cultura Isidro Fabela

El centenario de la revolución ha dado lugar a todo tipo de celebraciones y conmemoraciones. Por lo que respecta al punto de vista oficial, la mayor parte de ellas ha estado cargada de gazapos involuntarios y frivolidades evidentes. El reciente caso de la utilización de una fotografía del revolucionario Benjamín Argumedo como modelo para el rostro de la estatua gigante de El Coloso el 15 de septiembre constituye un termómetro adecuado para reflexionar al respecto. La compleja trayectoria de Argumedo y sus distintas filiaciones maderista, orozquista, huertista y zapatista fueron ignoradas por el cálculo oficial uniformador y homogeneizante, que una vez destapado el escándalo público prefirió echarle tierra al asunto y esconderse en el anonimato.

Por el contrario, la producción académica reciente sobre la fotografía y la revolución ha sido muy heterogénea y ha realizado contribuciones importantes al tema. Las investigaciones de Samuel Villela, John Mraz, Angel Miquel, Ariel Arnal, Miguel Angel Berumen, Claudia Canales, Rebeca Monroy, Daniel Escorza, Marion Gautreau y Laura González, entre otros, permite asomarnos a un mapa complejo que promete una plataforma muy prometedora para los próximos años.

Como parte de esta renovación de miradas quiero presentar aquí algunos argumentos de mi reciente investigación sobre Isidro Fabela y su colección de fotos sobre la revolución. Este destacado personaje formó parte de una generación de intelectuales que intervinieron directamente en los distintos frentes revolucionarios en México y que desplazaron a los cuadros de la clase política del viejo régimen porfiriano.

Foto 1

Portada del libro

La colección del autor puede consultarse en la Casa de la Cultura que lleva su nombre en el barrio de San Angel, en el sur de la ciudad de México y su estructura, perfil y coordenadas están diseñadas en función de la participación de Fabela en los hechos. Ahí reside la razón de ser de este conjunto de imágenes que cubre desde la incorporación del autor a las filas carrancistas, en marzo de 1913, hasta la recuperación del Puerto de Veracruz de manos del invasor norteamericano, en julio de 1914. No se trata de una simple crónica visual de los hechos, sino de un relato personal, que con un espíritu documental pretende mostrar las huellas bartheanas del “yo estuve ahí” y cuyo afán testimonial lo acerca más a la visión del diario íntimo que a la historia supuestamente objetiva e imparcial de los hechos.

En este breve espacio solo comentaremos un par de fotografías para dar una idea del tipo de lectura de imagen que se desprende de la colección.

La educación sentimental de los retratos

Los usos de la fotografía o las dedicatorias de amigos y conocidos al reverso de las imágenes constituyen uno de los temas más originales desplegados en este acervo. Se trata de la foto como una extensión corporal del reconocimiento social y la amistad, siguiendo una tradición que se remonta a las cartas de visita de medio siglo atrás y que es resignificada con la divulgación masiva de las tarjetas postales en las primeras décadas del XX. Tal es el caso del retrato de estudio a la Rembrandt, en el que puede verse a un desenfadado Fabela, elegantemente vestido con saco y chaleco con una leontina sujeta a una de las bolsas del mismo, sentado informalmente en una mesa rectangular de cedro y compartiendo un encuadre muy cercano con Gustavo Espinoza Mireles, con saco y camisa con cuello rectangular, que permanece sentado en una silla de madera recubierta con piel, portando su anillo de recién casado. La fuente de luz propicia un juego de sombras que fortalece la seriedad y el dramatismo de la escena. El telón de fondo simula una cortina y un espacio doméstico. La firma del fotógrafo corresponde al norteamericano F. L. Clarke, uno de los retratistas avecindados en la Ciudad de México más importantes de aquellos años. En términos generales, los elementos de esta fotografía nos remiten al código de valores construido en torno al género del retrato fotográfico en el último cuarto del siglo XIX, que consolida un culto a la personalidad y un enaltecimiento del individuo.

Foto 2

Isidro Fabela y Gustavo Espinoza Mireles, Ciudad de México, 1914

F. L. Clark

Casa de la Cultura Isidro Fabela.

La proyección de dichos valores debe leerse en función del contexto específico de la circulación de esta imagen. Se trata de dos jóvenes funcionarios que comienzan a labrar su futuro profesional con un proyecto político en ciernes, que los va a llevar a destacar como elementos importantes del nuevo engranaje intelectual revolucionario constitucionalista, que como ya se mencionó, desplazará en corto a la clase política porfiriana.

Fabela y la revolución institucionalizada

En una fotografía final puede verse a Fabela observando una imagen del cadáver de Venustiano Carranza, la cual forma parte de una secuencia de imágenes para una magna exposición oficial de la “Historia Gráfica de la Revolución” a cargo de la firma de la agencia Casasola, que se realizó en el año de 1946. En el interior de la foto en cuestión, la escena del cadáver esta flanqueada por otra famosa imagen de Porfirio Díaz en un acto oficial de su gobierno y otras que muestran a Zapata en su cuartel militar y a Villa montando a galope su caballo, entre otros emblemas del imaginario fotográfico de la Revolución Mexicana, convertida ya para entonces en la referencia histórica fundamental de la nación, un cuarto de siglo después del asesinato de Carranza.

Foto 3

Fabela en la Exposición “Historia Gráfica de la Revolución”, Ciudad de México, 1946

Casa de la Cultura Isidro Fabela

Fabela contempla en la imagen la secuencia fotográfica de una revolución convertida después de tres décadas en un poderoso icono que despliega horizontalmente su uniformidad, en una lectura que acumula en forma lineal episodios y personajes, haciendo caso omiso de sus evidentes diferencias. La diversidad histórica se ha eliminado y su lugar lo ocupa la propaganda.

Por todo lo anterior, resulta importante regresar a la diversidad de la colección de Fabela e intentar reconstruír el universo heterogéneo de una revolución compleja, llena de matices, cuya visión no puede quedar subordinada a la espectacularidad de propuestas escénicas fallidas como las de El Coloso y la precariedad del discurso oficial.


[1] Investigador del Instituto Mora/Conacyt

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