Por Gregorio Vázquez

Los retratados no le temen a la caja oscura con el ojo de vidrio que los observa, lo reconocen y lo enfrentan. Gertrude Duby (1901-1993) es constante con ellos, saben a conciencia que ella deambula cada tanto en sus parajes, allá en el Chiapas de la segunda mitad del siglo pasado, donde se dedicó a capturar la vida cotidiana de los indígenas tzeltales, tzotziles, tojolabales y lacandones.

Ellos acompañan a Duby y la llevan a conocer comunidades, pueblos y parajes que hoy han sido borrados por el tiempo, la modernidad y los estragos climáticos. 

No saben que tras la cámara que los observa se esconden apenas un par de años de carrera, la cual comenzó al inicio de los 40 con un equipo de medio uso y una sola clase de fotografía que constó de escasos 60 minutos. 

Desde entonces, transcurrieron 50 años de la vida de la antropóloga, exploradora, periodista, activista y fotógrafa. Sus constantes ires y venires le valieron la producción de más de 55 mil imágenes, en las que cohabitan paisajes, retratos, sitios arqueológicos, festividades indígenas, textiles, la destrucción ambiental y la relación hombre-naturaleza. 

Aquella luz petrificada se torna en las caras y expresiones de ancianos, hombres, mujeres y niños; en el transcurrir de los días, de situaciones y momentos cotidianos como la cacería, la siembra, la fiesta, el trabajo, el rezo, la movilidad y el tiempo sin tiempo, ese que no se agarra a nada porque siempre ha estado intacto. 

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