El Museo Tamayo Arte Contemporáneo mantiene abiertas sus exposiciones Hay más rutas que la nuestra. Las colecciones de Tamayo después de la modernidad, Ciclorama, y el performance/escultura Floor of the Forest de Trisha Brown. Las tres muestras forman parte del programa curatorial 2013, propuesto y llevado a cabo por el equipo de investigación del Museo Tamayo.

Hay más rutas que la nuestra. Las colecciones de Tamayo después de la modernidad surge de la propuesta de crear nuevas líneas curatoriales que tomen como punto de partida las diferentes colecciones conformadas por Rufino Tamayo. Para este propósito, la muestra reúne algunas de las más recientes incorporaciones al acervo del museo (2009–2012), obras de Francis Alÿs, Carlos Amorales, Teresa Margolles, Jonathan Monk y Wolfgang Tillmans, junto con piezas icónicas de la colección de arte moderno y contemporáneo adquiridas por Tamayo en vida, como lo son el tapiz-escultura Henequén rojo y negro, pieza monumental del catalán Grau Garriga, Peinture de Joan Miró, Chapulín de Francisco Toledo, Mujer de la jungla de Günther Gerzso, Mensaje XV, Levíticos XX:18 de Mathias Goeritz, Recuerdo 122 de Vicente Rojo, entre otras; y, finalmente, se presentan piezas históricas que forman parte de la colección del Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo de Oaxaca, que el artista donó en 1974 al patrimonio artístico de México.

El título de la exposición se desprende de la postura de Rufino Tamayo en torno a la creación artística como concepto universal. Su colección de arte, así como su museo en la Ciudad de México, empujaba hacia un contexto internacional, con el objetivo de que el público pudiera acceder a las grandes obras de arte del ámbito contemporáneo. Esta propuesta era contradictoria a la afamada consigna del artista David Alfaro Siqueiros, quien, en su momento, manifestó “No hay más ruta que la nuestra”, en plena alusión al movimiento de la Escuela Mexicana, donde prevalecía la idea de un arte único que negaba otras tendencias. El nombre de la exposición retoma dicha consigna y la transforma bajo la visión internacional de Tamayo para mostrar que, efectivamente, Hay más rutas que la nuestra.

El repertorio iconográfico que ha caracterizado a la modernidad es reflejado en la inclusión de piezas prehispánicas dentro de la muestra. Estos trabajos fueron fuente de inspiración para la simbología del Estado, resaltando el pasado glorioso que representaban. Sin embargo, esta retórica nacionalista es confrontada por los lenguajes abstractos del arte internacional y las estrategias contemporáneas de apropiación simbólica y crítica del idealismo de la modernidad. A través del diálogo entre la colección de arte contemporáneo y moderno con aquella de arte prehispánico, esta exposición enmarca distintos abordajes de las referencias precolombinas, desde la versión idealizada durante la modernidad hasta su desmitificación con las obras contemporáneas.

La exposición refleja el quehacer del museo internacional fundamentado en la necesidad de construir “internacionalidad” dentro del circuito local. Se trabaja con la idea de que lo internacional no es necesariamente lo extranjero, ya que la producción nacional también habla un lenguaje global.

Participan los artistas: Eduardo Abaroa/ Francis Alÿs/ Carlos Amorales/ Bill Brandt/ Victor Brauner/ Jimmy Ernst/ Marx Ernst/ Günther Gerzso/ Mathias Goeritz/ Josep Grau-Garriga/ Juan Guzmán/ Teresa Margolles/ Carlos Mérida/ Joan Miró/ Jonathan Monk/ Louise Nevelson/ Isamu Noguchi/ Gabriel Orozco/ Vicente Rojo/ Wojciech Sadley/ Rufino Tamayo/ Wolfgang Tillmans/ Francisco Toledo/ Joaquín Torres García. La curaduría es de Willy Kautz en colaboración con Eduardo Abaroa y Daniel Garza Usabiaga.

El paisaje, uno de los temas que más se ha representado, politizado e intervenido en la práctica artística, es el eje central de la exposición Ciclorama, cuyo título se retoma del invento del pintor irlandés del siglo XVIII, Robert Barker. En 1787, Barker creó un edificio circular que contenía una pintura monumental de un paisaje para ser visto como espectáculo. La pieza rodeaba 360 grados al espectador y producía en este la impresión de estar inserto en el contexto físico del paisaje propuesto. El éxito del panorama-ciclorama, registrado por Barker con el nombre “la naturaleza de un vistazo”, comprobó un interés por el paisaje acompañado por una serie de cambios en la mirada del público, mismos que se desprenden del contexto de la vida moderna.

Con el invento de instrumentos ópticos como el telescopio y los binoculares la mirada comenzó a cambiar. A su vez, el paisaje se vio afectado por el crecimiento de la industria, edificaciones cada vez más altas y horizontes muy distantes a aquellos del campo y la agricultura. El paisaje ha sido relacionado con temas como la expansión imperial, las teorías sobre la formación de la Tierra, la botánica y la biología, no exento de tintes sociales, religiosos y políticos. Basado en esta experiencia, se puede observar cuidadosamente cómo las diversas representaciones del paisaje han tenido un impacto en la manera de percibir al mundo. Las obras de la exhibición evocan al paisaje desde su origen como género (siglo XVII) hasta la deconstrucción de un paisaje posmoderno, abstracto y atemporal, que incluyen la representación inmaterial y teórica del mismo.

Ciclorama aborda el tema del paisaje a través del trabajo de cinco artistas: Salvatore Arancio (Italia, 1974), Elena Damiani (Perú, 1979), Haris Epaminonda (Chipre, 1980), Cyprien Gaillard (Francia, 1980) y Matts Leiderstam (Suecia, 1956), quienes comparten la estrategia de apropiarse del pasado a través de copias de pinturas clásicas, manipulaciones de grabados antiguos, collage de fotografías o citas, alusiones y referencias a la historia. Asimismo se interesan por lo que revelan las imágenes en el presente y cómo la mirada se aproxima a este pasado desde un discurso actual. La curaduría de Ciclorama es de Andrea Torreblanca.

Trisha Brown (EE UU, 1936) está considerada como una de las figuras más importantes e innovadoras de la danza contemporánea. Su trabajo redefinió la práctica coreográfica en los años sesenta y setenta en el contexto de la vanguardia neoyorquina. Influenciada por las investigaciones de John Cage sobre los sonidos cotidianos, la coreógrafa y bailarina exploró de manera parecida los movimientos básicos y cotidianos del cuerpo –de pie, sentado y acostado. Durante los primeros años de su carrera, Trisha Brown experimentó con la idea del vuelo, en palabras de Julieta González, curadora internacional del Museo Tamayo, y “el desafío a la gravedad se convirtió en una preocupación medular del trabajo de Brown, ya fuera a través de movimientos corporales o con la ayuda de arneses, sistemas de poleas y cuerdas expuestos a la vista del espectador.”

Floor of the Forest (El suelo del bosque, 1970) es un performance-escultura que forma parte del amplio repertorio de piezas creadas por Trisha Brown. Reúne varios de los intereses fundamentales de su práctica: movimientos basados en tareas cotidianas, como vestirse y desvestirse, realizados en una posición horizontal, y modulados por la fuerza de la gravedad.

La negociación entre estructura e improvisación que tiene lugar aquí es la que se repite a lo largo de gran parte de la obra de Trisha Brown: “hay un característica del performance que aparece en la improvisación, que no existe en la danza memorizada como se conocía hasta la fecha. Si estás improvisando dentro de una estructura, tus sentidos se agudizan; utilizas tu ingenio, pensamiento, todo trabaja a la vez para encontrar la mejor solución a un problema dado bajo la presión de un público que observa”.

La escultura consiste en una estructura de metal, dentro de la cual se arma una retícula de cuerda. De esta cuelgan piezas de ropa de diversos colores. Los bailarines recorren la malla de cuerdas vistiéndose y desvistiéndose con las prendas disponibles, otorgándole un nuevo sentido a esta actividad cotidiana. La obra se activa con la intervención de los bailarines, sin embargo, la estructura es concebida como una escultura mientras permanezca inherte.

La pieza se desarrolló en conjunto con el Centro de Producción de Danza Contemporánea (CEPRODAC), a través de la participación de sus bailarines, formando un vínculo de colaboración interinstitucional entre el INBA, el Museo Tamayo, el CEPRODAC y The Trisha Brown Dance Company. Curaduría de Julieta González.

Visita la página oficial del Museo Tamayo

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