Texto y fotos de Pedro Anza

En Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, país de oasis y espejismos, se encuentra el desierto de Rub-Al-Khali, el segundo más extenso del mundo después del Sahara, donde migrantes, provenientes principalmente de Omán, Yemen e India, conducen y pasean a turistas por las dunas finas de arena en camionetas 4×4, camellos y cuatrimotos.

Abu Dabi es uno de los siete emiratos (territorios políticos que administra un emir) que componen esta nación de la península arábiga.

De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 90% de la población de los Emiratos Árabes está conformada por inmigrantes de países del sudoeste asiático, así como de India, Nepal y Pakistán, situación que se acentúa y se hace aún mas evidente en los dos principales emiratos y sus ciudades: Abu Dabi y Dubai.

Las manos de estos inmigrantes echan a andar, junto con la producción petrolera, la máquina económica emiratí, trabajando en distintos rubros laborales ante la ingente demanda de la industria turística en las grandes ciudades, así como de la producción agrícola y pesquera.

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