Texto y fotos por Pedro Anza

La señora Leoba cura desde los ocho años. Aprendió de su abuela, quien era —a su vez— curandera en Cuetzalan, un pueblo cercano a la Sierra Negra de Puebla.

Con ella también aprendió a ser partera; atendió su primer nacimiento a los 14 años, aunque se afianzó en la práctica a la edad de 19, cuando se casó y se mudó de pueblo.

A curarse con Leoba se acerca gente no sólo de la comunidad, sino de poblados aledaños y, en ocasiones, de remotas regiones del país y el mundo.

Distintos altares se aparecen en su casa y un desfile de santos de religiones diversas conviven en éstos. La Virgen de Guadalupe y San Miguel Arcángel se codean entre las veladoras, las anforitas y el incienso con Jesús Malverde y la Santa Muerte, así como con imágenes de hombres santos y gurúes, entre ellos, una imagen de Guru Nanak, fundador del sikhismo.

Doña Leoba reza, ríe y canta durante sus curaciones, en las que, en muchas ocasiones, la asiste su nieta Selik, quien imita sus movimientos al tiempo que sus pacientes gritan y gimen.

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