Por Ana Luisa Anza

A Carlos Jurado, in memoriam

Negro. El no color absoluto, la ausencia: la oscuridad completa. Parece que nada habita en la pequeña caja formada por cartón o madera, aluminio, plástico, lámina. Examinemos. Quizá sea sólo el aire encapsulado. Allá, al fondo –y sólo si lo sabes de cierto– un soporte espera al rayo de luz que habrá de convertirse en una proyección del afuera y, con suerte y si ha sido emulsionado, la transformará en imagen fijada. No hay circuitos electrónicos, ni mecanismos que miden el iso o la velocidad; menos, soluciones digitales. Son cosas de la magia, se pensaba. De hechicería, se sentenciaba. De alquimia, más tarde. El principio básico de la creación fotográfica, hoy y desde siempre. En realidad, es todo eso y más, pues en la foto estenopeica hay una mezcla de asombro, cálculo preciso, química pura y la persistencia de una técnica que se ha negado a desaparecer para, en cambio, resurgir poderosa en su aparente simplicidad.

Aunque no lo parezca ante los ojos tecnologizados, todo es perfecto: las sombras de los que ya no están, los movimientos marcados como un trazo en el espacio, el oscurecimiento de las orillas que enmarca el objetivo, las dobles exposiciones que no lo son, el fuera de foco que no es un defecto, las formas de los objetos que se transparentan de manera imposible a través de un cristal, el retrato del fantasma que tal vez estuvo ahí en forma más material o el ser desdibujado que se enfrenta a personajes insólitos en una azotea cualquiera, el cuerpo de halos luminosos a punto de desaparecer, la luz artificial que agrede a las miradas acostumbradas a matizar, el circular perpetuo de los caballitos en la feria o el paso inacabable de un tren, los negros-grises-blancos misteriosas que nos hacen adivinar un bosque, la transparencia de un gajo de fruta, la perspectiva lograda con ¿segundos? ¿minutos? de exposición en ese río que da tal sentido de profundidad que parece invitar a navegarlo, la luz capturada en rodajas de color, la presencia pasada del ahora ausente, el ojo cuya pupila nos mira desde un mar de escamas, la irreal escena de la velación de un cuerpo que parece levitar… Y allá, cabalgando sobre la no superficie, el unicornio que acecha.

Ese es. El mítico animal que penetra la cámara oscura con el cuerno recto y afilado que lo hace inconfundible, para convertirla en mágica al dar paso a la luz, como si dijera: “Adelante, la imagen está esperando, sólo hay que atraparla”. Así lo afirmaba con profunda certeza Carlos Jurado, recientemente fallecido y quien fuera el gran impulsor de la estenopeica en México, quien decía que el arte de aprehensión de las imágenes se debe en gran parte a que sólo esta criatura –que, afirmaba, sí existió pero se extinguió de tantos que buscaron su valiosa asta– podía hacer el orificio que permitía las fotos perfectas.*

Esto es sólo en cuanto al “agujero”. De la caja mágica se había hablado antes. Aristóteles, el filósofo griego, la había mencionado en el año 500 dc. Sabía que si se dejaba pasar la luz mediante un pe- queño agujero en un cuarto oscuro, en la pared opuesta se formaría la imagen de lo que se encon- trara enfrente.

A la física –¿a la óptica?– había que agregarle la química. Fijar la magia. Los árabes habían ya desen- trañado los secretos de la creación de emulsiones sensibles a la luz en el siglo vi. Pero habían sólo fija- do contornos de plantas y frutos. El alquimista Adojuhr, quien vivió en Sevilla en el siglo xi combi- nó la cámara oscura con el material sensible a la luz

y creó imágenes para “aprehender espíritus malig- nos”**.

Más tarde, los artistas europeos del Renacimiento en la segunda mitad del siglo xv, como Leonardo da Vinci, retomaron la técnica para usarla en su pintu- ra. Fue como un redescubrimiento de la caja oscura –usada del tamaño de un cuarto– para proyectar en una pared sus diseños y así lograr la perspectiva de sus cuadros, calcando la imagen resultante.

Y, sí o no, debates aparte, sigue considerándose que la foto, como tal, se inventó en el siglo xix por el francés Nicéforo Niepce pues fue quien colocó den-

tro de la cámara oscura una placa con una sustancia fijadora de imágenes que él mismo preparó. Des- pués, dejó que la luz se proyectara durante horas sobre el papel y así obtuvo en 1816 la primera foto- grafía, una palabra que viene del griego y cuyo significado describe exactamente de qué se trata: de escribir o dibujar con luz.

El caso a discutir seguirá el curso de historia e historiadores. Argüir acerca del objeto. Pero son ellos, los sujetos que practican hoy la foto estenopeica quienes se debaten detrás de la cámara: ¿a qué dis- tancia se debe estar del objeto retratado? ¿cuántos

segundos debo darle de exposición? ¿será demasia- do larga la cámara, muy corta? Hay que verlos creando bellas cajas con materiales accesibles y reci- clables, preparar emulsiones como alquimistas con sus balanzas, embudos, matraces, mecheros y una cantidad de sustancias cuyo listado sería imposible mencionar. Y luego la búsqueda del objeto, persona- je o paisaje que habrá de aprehenderse, la colocación de la cámara, la emoción el momento del revelado…

Hoy en México, la fotografía estenopeica vive un resurgimiento. Son muchos quienes tienen años, décadas, dedicados a su desarrollo, a su experimen-

tación, a explorar las miles de posibilidades de apre- hender las imágenes sin el uso de lentes, sin tecnolo- gía. Otros más, inician con estos maestros el camino que, como a las imágenes en la caja, a ellos los ha atrapado. En abril se celebra a la foto estenopeica. Así que Cuartoscuro propone un paseo por las fotos recu- peradas en una breve –de verdad increíblemente concreta– selección de quienes ya por un tiempo, unos más, unos menos, se han dedicado no sólo al rescate y preservación de esta técnica sino a su utilización como un medio de expresión único.

 

 

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