Carlos A. Córdova*

Hace casi un siglo en su influyente Vision and Design (1920), Robert Fry explicaba su asombro frente a Walter Sickert quien afanosamente coleccionaba pájaros embalsamados y flores de cera “nada más por sus extraños juegos de tonos y colores”. Cosa extraña es reunir colores alados. Pero los más extraordinarios juegos son aquellos en la mente del coleccionista. Los he visto caminar en llamas. Capturan el sol entre los dedos para luego, cegados, preservarlo en una caja. Ese es el fondo del griego theke, una palabra que bien vale por ataúd o estuche.
“Hay quienes prefieren los privilegios de la vista, Carlos Monsiváis, sin embargo, posee algo más importante en materia de coleccionismo: el olfato para detectar patrimonios inéditos o significativos. Prueba de lo anterior es su búsqueda de caricaturas políticas y de otros motivos populares, colecciones que retratan una cultura y su circunstancia”. Así describió Miguel Ángel Fernández el singular coleccionismo de Monsi (El Coleccionismo en México, Museo del Vidrio, 2000). Hombre de refinados saberes. Conocedor de marfiles, vidrios, astrolabios y palacios. Lamentablemente mi querido maestro no se dejó seducir por las importantes colecciones fotográficas mexicanas.
Nada nuevo. La reapreciación de la fotografía histórica mexicana tiene un punto de inflexión en 1978, cuando Eugenia Meyer y un grupo de investigadores (entre los que destacaban Claudia Canales y Lázaro Blanco) la enfocaron como patrimonio. Bajo esa extraña luz organizaron su rescate, catalogación y exhibición. Levantaron mucho polvo acumulado. Pero otros visionarios los antecedieron. Décadas antes Felipe Teixidor se emocionó levantando daguerrotipos, albúminas de Charnay, vistas de Briquet o las ceremoniosas carte de visite firmadas por el tapatío Octaviano de la Mora y el poblano Manuel Rizo. Pequeños tesoros que asomaban por las tiendas de antigüedades de Mariano Salas o de César Zelaschi en las barracas del legendario Mercado del Volador. También el Maestro Álvarez Bravo sacudía con el dorso de la mano las impresiones que compraba en sus correrías de apasionado coleccionista de fotografía y de grabados. Luego Salvador Novo conservó en La Capilla las fotos de Senya Flechine y de Mollie Steimer, quienes firmaban como Semo. En todo caso lo fotográfico resulta un coleccionismo demasiado reciente, muy siglo veinte, que aún discute sus convenciones y especialidades. Y sin embargo se vende.
Por cuestiones largas de dilucidar, coleccionar fotos se ha convertido en un vigoroso movimiento cultural que pronto dará mucho de sí, sobre todo ahora que los editores la han descubierto como jugoso mercado. A tal extremo que el fotolibro empieza a desprenderse como otro valioso coleccionable, como profetiza el erudito anticuario Jorge Sanabria. Al tiempo. Pero Benjamin lo había visto claro, no hay colecciones sino coleccionistas. Faltaría espacio para no omitir: Juan Coronel, Pedro Slim, José Antonio Rodríguez, Juan Víctor Arauz, Otto Dahl, Anita Brenner, Raoul y Carolina Fournier, Ariel Zúñiga, Cristina Kahlo, Gustavo Amézaga y hasta la del misterioso Matías Rocha, entre otros muchos que nos sorprenden ocasionalmente, cuando alguna de sus gemas aparece en exhibiciones o en publicaciones de arte.
Hombre de grandes apetitos iconográficos y numerosos gatos. Carlos Monsiváis es simultáneamente coleccionista de figurillas de luchadores en plástico, películas, artesanías y raras ediciones. La lista de sus curiosidades asombra: zincografías de Posada, xilografías de Fernández Ledezma, tintas de Orozco. Desde las elegantes ilustraciones del Chamaco Covarrubias a las lubricidades del ruso Eisenstein. Y de ahí brincar a las caricaturas políticas de Naranjo y de Freyre. Una intensa y extensa colección. En su parte fotográfica la colección Monsiváis ya es una avalancha: el inolvidable coleccionista y merchant Chucho Reyes Ferreira se desnuda frente a la lente de Smarth, junto a la serie en que el olvidado Antonio Garduño desnudó a Carmen Mondragón ya transformada en la célebre Nahui. No faltan entre estantes y gavetas los relajados retratos de los happy few que hizo Álvarez Bravo, anónimas fotoesculturas y los muy glamorosos firmados por Yazbeck. Nada escapa de este vértigo: Pablo Viau retrata a Porfirio Díaz, quien nos mira con el pecho colmado de medallas, las cómicas poblanerías eróticas de Juan Crisóstomo Méndez y los premios que en España cosechaba Chema Lupercio. La lista sigue y no faltan nombres clave para la foto mexicana como Cruces y Campa, Martín Ortiz, Brehme, Santibáñez, Moncayo y un largo etcétera. “El verdadero coleccionista” aseguraba Duchamp en aquellas mesas redondas de 1949 “es un artista al cuadrado. Elige cuadros y los cuelga de la pared. En otras palabras, pinta una colección”.
Monsiváis es una leyenda entre anticuarios, galeros y coleccionistas. No es infrecuente verlo en La Lagunilla, El Ángel o las casas de subasta buscando astillas del naufragio que ha sido el tiempo mexicano. Chácharas, pues. En compañía del ilustrador y caricaturista Rafael Barajas El Fisgón han visto muchas valiosas piezas de ese rompecabezas. Entre ellas, algunas imágenes de Agustín Jiménez que ahora ven la luz nuevamente.
También la cámara de Agustín asombra por su presencia en los sitios más extravagantes. Es difícil seguirle el paso al Mago. Su impecable capacidad de registro pasó por los cabarets en Santa María, la cementera de La Tolteca y el Hospital de la Luz. Sucede que Jiménez era hombre moderno, ávido de mirarse en el reflejo de los escaparates bajo la luz de los neones, con una máquina fotográfica entre las manos. En simetría, la mayor parte de su obra se reprodujo en magazines ilustrados de los años treinta, donde la fotografía se multiplicó por millares al cadencioso ritmo de las rotativas. El arte público de la foto sobre papel periódico. No hay tema que escape a sus ensayos: el Tlacotalpan de Agustín Lara, el desnudo sobre el escenario, las mercaderías. Falta el aliento: billetes de lotería, neumáticos, cactus, jóvenes costureras, cristales, juguetes de palma, escobas, aviones de hojalata. Las redes del pescador. Nos conmueve en el arte de los panaderos, la maquinaria, la pintura mural en los conventos, los tendederos de vecindad o la escultura moderna. Pero no es un maniaco del obturador, sino un hombre de sólidas reflexiones visuales. Aquí revisa en dos placas La quema de los Judas (ca. 1930), una verbena popular que hoy languidece. Si bien la primera mucho recuerda las distantes vistas sobre el gentío que acostumbraba la Modotti, la segunda es catártica, el momento de disolución de los objetos.
Metió la cámara en las prisiones. Faltaba más. Y lo hace en una antigua cárcel llamada Belén. Sus altas paredes habían sido paredón y exilio Porfirista. No va solo. Se hace acompañar de dos grandes amigos: el periodista Gregorio Ortega y el pintor Jorge González Camarena. Este singular equipo era un triángulo de insurrectos para el resto del fotoperiodismo, tan acostumbrado a recoger pesetas en la fuente. Fue Orteguita, como le llamaban en las redacciones, pionero del reportaje cultural. Entrevistó a Díaz Mirón, Azuela, Mistral, Vargas Vila y otras luminarias con una agudeza muy especial. Junto a Jiménez compartía el ojo agudo para el detalle revelador, para el doblez significativo. José Vasconcelos, tan poco afecto a los periodistas, va a escribirle breve prólogo donde alaba la verdad y el talento de Ortega quien “no descuida la anotación de debilidades y vanidades que a todos nos hacen un poco ridículos (…) un esfuerzo contra la trivialidad habitual del periodismo” (Ortega: Hombres, Mujeres, Ediciones de Bellas Artes, 1966).
Son los primeros días de 1932. Con gran libertad se mueven entre reos y aduanas. Los guardias dormitan la siesta de pie, mientras los presos comercian extrañas artesanías como se describe en Artífices (1932). La presencia de los reporteros causaba recelos, pero al cabo de gastar unos minutos y algunos tostones reciben siniestras confesiones: el opio, los celos, la traición, la desesperanza. “Algunos permanecían al sol, indiferentes, continuando una minúscula tarea o limpiando su cuerpo. El torso desnudo, la camisa en las manos, o con los pantalones más arriba de las rodillas. Nada como esto da idea de la indecencia de una cárcel. Cuando el lente de la cámara recorría el patio, escondían el rostro” escribió Ortega. No menor, el extraordinario González Camarena materializa la puesta en página que se verá en Revista de Revistas. Un diseño editorial muy avant-garde que relaciona con delicado equilibrio texto e imagen. Y si bien equivoca la tipografía del encabezado para convertirla en Belém, en cambio nos regala un dibujo en el que se resume toda la tristeza, toda la desilusión de las reclusas.
No queda mucho de esas historias de horror en el presidio. Un bizarro y temible emperador recorría las crujías con un fémur como cetro. En Corredor (1932) otro reo emerge del concreto como una moderna versión de Doré. Aquella dama mató por amor y su familia prefirió olvidarla. En su silenciosa Celda (1932) Jiménez nos describe la oscura geometría en esa Babilonia del delito. La de los sueños rotos. Pero en Mesa Comedor (1932) su ojo vanguardista busca un punto de fuga –si es que cabe la expresión en un sitio así-, animando una visión asombrosa. Si como anota González Camarena una ovalada lata de sardinas resultaba lujoso plato en este purgatorio, estas son apenas despostilladas tazas y platos de peltre. Platos de plata. Pura audacia.
Empezamos en los colores de las aves disecadas y arribamos a La Sombra, título de esta obra maestra del magazín mexicano. Un reportaje de inspiración dantesca. Celebremos que a la distancia el arte de Jiménez reaparezca con nuevos hallazgos y, sobre todo, que sume hoy a los coleccionistas que no encontró en su momento. “Hay –decía Sasha Guitry- dos clases de coleccionistas: los que esconden sus tesoros y los que los enseñan. Los coleccionistas de alacena y los de vitrina”. Cierto. Nada suple el orden del coleccionista, toda vez que se trata de un trayecto personal. Espejo de sus cambiantes intereses.
El coleccionismo privado tiene su propia rueda de la fortuna. La colección de la Fundación Cultural Televisa -ampliada sobre la base organizada por Manuel Álvarez Bravo-, ha servido como cantera de lujosas publicaciones y exhibiciones. Pero la colección de la fotógrafa y pintora Rose Rolando en la Universidad de las Américas más parece un secreto para iniciados. Después de un destello, la que alberga el Museo del coleccionista y fotógrafo Franz Mayer volvió al silencio. Otras colecciones serias como las de Jorge Carretero en la Fototeca Antica, Ricardo Pérez Escamilla y su Biblioteca de Arte, Francisco Toledo en el Centro Álvarez Bravo o Andrés Blaisten en el Centro Cultural Tlatelolco alimentan con sus codiciados artefactos fotográficos a prácticamente todas las exposiciones importantes. No cabe duda que la presencia de la colección Monsiváis con el espléndido Museo de El Estanquillo sobre la calle de Isabel La Católica servirá para darle salida museográfica a muchos proyectos. Ese es el reto para esta muy importante colección fotográfica. Finalmente, coleccionar no es un culto al fragmento, sino dimensionar su posibilidad de secuencia significante. De extender lo visible. Creía Moholy-Nagy que hacer visible era aprovechar el conjunto de interacciones disponibles de la foto para con ellas rasgar el espacio-tiempo. No era mala idea.

*Carlos Córdova es historiador de la imagen. Autor del libro Agustín Jiménez y la vanguardia fotográfica Mexicana (RM, 2005) y de otros textos sobre fotohistoria  en revistas como Luna Córnea, Movimiento Actual, Tierra Adentro y en Alquimia. Museólogo, ha sido Director de Exposiciones del INAH y Director del Museo de El Carmen. Así como curador de numerosas exhibiciones fotográficas. Actualmente prepara el Tríptico de las sombras, dedicado a la fotografía pictorialista de Juan Ocón, José María Lupercio y Gustavo Silva.

1 COMENTARIO

  1. Carl Cor
    Historiador- Poeta de la Fotografía

    Disfrute mucho del texto que reenviaste a La Estampa
    !Que gusto volver a saber de tí y de este modo!

    Estaré pediente de tu próximo trabajo

    Leticia Bucio.

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